La verdad de Agamenón (fragmento)Javier Cercas

La verdad de Agamenón (fragmento)

"Transcurrieron varios días, pero nadie contestó el mensaje, así que decidí salir de dudas. Llamé al servicio de información de telefónica y, sin poder evitar sentirme un poco ridículo, le pregunté a la telefonista por el número de un señor llamado Javier Cercas, residente en Granada, en el número trece de la avenida Salvador Allende. Tras un instante, la telefonista me dijo que no había ningún abonado con ese nombre viviendo en ese número de esa calle. ¿Tampoco hay ninguno que se llame así en toda Granada?, insistí. Tras otro instante, la telefonista me informó: Tampoco. Confirmadas mis sospechas, estaba sonriendo mentalmente, preguntándome cuál de mis amigos o conocidos sería el responsable de la humorada, cuando un resto de incertidumbre me dictó una idea. Volví a llamar a información, pedí el número de teléfono de la Facultad de Letras de la Universidad de Granada y lo marqué. Facultad de Letras, dígame, recitó una voz de mujer. ¿Podría hablar con Javier Cercas?, pregunté. Un momento, por favor, contestó. Incrédulo, esperé, y al cabo de un rato mi tocayo se puso al teléfono. Me identifiqué; su reacción no fue cálida. He buscado el número de teléfono de tu casa, dije por decir algo, como si me disculpara por llamarle al trabajo. Pero no lo he encontrado. El teléfono está a nombre de mi mujer, contestó. Ah, dije. Bueno, sólo quería agradecerte tu carta. Ya me la agradeciste por correo electrónico, dijo. ¿Lo recibiste?, pregunté. Claro, respondió. No le pregunté por qué no había contestado a mi correo: a esas alturas ya era evidente que no estaba muy contento de que le hubiera llamado, lo que me irritó un poco, porque después de todo había sido él quien primero se había puesto en contacto conmigo. Traté de contemporizar, sin embargo. ¿Sabes?, creí que era una broma, reconocí jovialmente. ¿El qué?, preguntó. Tu carta, contesté. ¿Por qué iba a ser una broma?, preguntó. Bueno, nuestro nombre no es nada habitual, expliqué. Yo creía que todos los que lo llevábamos éramos de la misma familia, o por lo menos veníamos del mismo pueblo. Pues ya ves que te equivocaste, dijo. La conversación continuó en el mismo tono durante un rato, pero poco a poco conseguí suavizar la aspereza o el recelo inicial de mi interlocutor. Le pregunté por su trabajo, por su mujer y por sus hijos, por sus aficiones literarias, por las reseñas que publicaba. También escribes novelas, ¿no? No, replicó. Todavía no. ¿Todavía no?, pregunté. Quiero decir que a lo mejor algún día lo hago, aclaró. Bueno, en realidad ya lo he hecho, pero el resultado no me gustó. En fin, supongo que soy demasiado exigente conmigo mismo. El comentario me pareció petulante: la clásica bravata de quien ni puede ni sabe ni quiere de verdad escribir, pero su vanidad le impide reconocerlo. Por supuesto, no dije nada, pero tampoco supe reprimir un atisbo de compasión por mi interlocutor. Continuamos hablando, y al final nos despedimos con alguna cordialidad, más, en todo caso, de la que presagiaba el inicio de nuestra conversación, quedando vagamente en que seguiríamos en contacto. Como es natural, no seguimos en contacto. "


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