El cerco de la iglesia de la Santa Salvación (fragmento)Goran Petrovic

El cerco de la iglesia de la Santa Salvación (fragmento)

"Pero fueron tantos los que vinieron para esta fiesta de fiestas y solemnidad de solemnidades que muchos se quedaron fuera del patio del monasterio. Además, de todas partes llegaban por el camino, por atajos, veredas y los empinados senderos del monte, los que vivían a varios días de caminata obedeciendo el mandato de su corazón. Sin embargo, ninguno de ellos, ni el honorable prelado, ni el devoto monje, tampoco el humilde fiel, ni siquiera el de los ojos enfermizos, pensaría que al lado estaba la noche pesada. Porque las campanas abrían de par en par la noche oscura y el titilar de cientos de cirios se fundía en una luz pura, cuya claridad desbordaba al día transparente. No había un solo rincón donde la sombra pudiera esconderse. Los reflejos del plomo de las cúpulas sostenían la oscuridad en lo alto. Hasta la puerta occidental llegaban las alegres exclamaciones de todo aquel que tuviese voz:
—¡Cristo ha resucitado de entre los muertos!
—¡Cristo ha resucitado de entre los muertos!
—¡Cristo ha resucitado de entre los muertos!
Pero aunque la triple vuelta había acabado, la puerta no se abrió enseguida, de la misma manera en que los discípulos de Cristo al principio descreyeron. En lugar de ello, se multiplicó el salmo de David que todos cantaron.
—¡álcese Dios!
—¡Sus enemigos se dispersan!
—¡Huyen ante su faz los que le odian!
El canto confirmaba el verso profético. Más fervoroso en tanto que venía de los que con buenas obras, abstención de pecados y del buen comer durante los cuarenta días de ayuno, preparaban sus almas y cuerpos para esta fiesta sacrosanta y para la sagrada comunión.
—¡Cristo ha resucitado de entre los muertos!
Y todo aquello vióse acompañado además, como en milagros, de reyezuelos en las copas de los árboles. Balbuceaban los salmos también, gorjeando. Desde el colmenar llegaba un zumbido espeso. Las briznas de hierbas dejaban oír cómo maduraban. Cardúmenes de alevines agitaban el agua estancada del vivero con una corriente continua. En verdad, fue el cumplimiento de las misteriosas palabras del canon: «¡Que cada ser vivo celebre la fiesta de la resurrección!»
—¡Cristo ha resucitado de entre los muertos!
Pero entonces, el más viejo de todos, el arzobispo Jakov —ataviado con un magnífico mantelete, con una cruz dorada en una mano y el incensario de plata en la otra— bendijo la puerta cerrada. A esta señal de la cruz, las sólidas hojas de roble y hierro forjado se abrieron al nártex.
Y todos, los jerarcas y los demás, iniciaron su entrada al templo según su rango. Directamente hacía el oriente. Como el mismo Cristo había llegado desde la parte más baja de la tierra hasta lo más alto del cielo.
—¡Cristo ha resucitado de entre los muertos!
Enseguida detrás de su eminencia reverendísima Jakov, entraron los presbíteros, los diáconos, los subdiáconos y los lectores. Los siguieron los cantores, precedidos por el chantre. Junto al iguman del monasterio, el reverendo padre Grigorije, iba como invitado especial el director espiritual del rey, Timotej. El insigne Stefan Uroš II Milutin, por la gracia de Dios señor de las tierras serbias y costeras, lo había enviado personalmente a la antigua casa arzobispal para que le consiguiera un poco del canon de Pascua de San Juan Damasquino. Éste se cantaba en otras partes, también en las iglesias de Skopje, pero en este templo resonaba con singular alegría. "



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