Los diarios de una nómada apasionada (fragmento)Isabelle Eberhardt

Los diarios de una nómada apasionada (fragmento)

"Un poco por necesidad y otro poco por gusto, estudiaba entonces las costumbres de las poblaciones marítimas de los puertos del Mediodía y Argelia.
Un día, embarqué a bordo del Felix Tuache, a punto de zarpar para Philippeville. Humilde pasajero del puente, vestido con una tela azul y un gorro, no llamaba la atención de nadie. Mis compañeros de viaje, sin desconfianza, no dejaban ver ningún cambio en su habitual manera de ser.
Es un grave error, en efecto, creer que podemos llevar a cabo estudios de las costumbres populares sin mezclarnos con el medio que estudiamos, sin vivir su vida...
La singladura de ese viaje feliz para mí –como todos los viajes a la amada tierra de África–, comenzó una clara tarde de mayo.
Las tareas de carga del Tuache llegaban a su fin y, una vez más, asistía al ir y venir de las horas de embarque.
En el puente, algunos pasajeros esperaban ya el desamarre, aquellos que, como yo, no tenían ningún adiós que hacer, ni familiares que besar...
Aquí y allá, algunos soldados formando pequeños grupos... Un joven cabo de infantería, completamente borracho, que, tan pronto embarcó, se cayó al suelo cuan largo era sobre las planchas húmedas y que se quedó allí, sin moverse, como sin vida...
Un poco aparte, sentada sobre unos cordajes, me fijé en un joven que llamó mi atención por la extrañeza de toda su persona.
Muy delgado, de cara bronceada, imberbe, de rasgos angulosos, vestía un pantalón de tela muy corto, alpargatas, una especie de chaleco de caza a rayas que se abría a la altura de su óseo pecho, y un gastado sombrero de paja. Sus ojos hundidos, de un cambiante tinte leonado, tenían una mirada extraña: se leía en ellos una mezcla de temor y huraña desconfianza.
Al oírme hablar en árabe con un chalán bonés, el hombre del sombrero de paja, tras largas vacilaciones, acudió a sentarse a mi lado. "



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