Mi Pushkin (fragmento)Marina Tsvetaeva

Mi Pushkin (fragmento)

"De Goncharova no se decía ni una palabra, y supe de ella sólo cuando crecí. Ahora que la vida ha transcurrido, aplaudo calurosamente aquel silencio de mi madre. La tragedia burguesa adquirió la grandiosidad del mito. Sí, en realidad, en ese duelo no hubo un tercero. Eran dos: cualquiera y el único. Es decir, los eternos personajes de la lírica de Pushkin: el poeta y la plebe.
La plebe, en esta ocasión, con el uniforme de caballero de la guardia real–mató al poeta. Una Goncharova, como un Nicolás I, siempre pueden encontrarse. —¡No, no, no! ¡Pero tú imagínate!—decía mi madre sin siquiera imaginarse quién era ese «tú»—, herido de muerte, tendido en la nieve, y no renunció a su disparo. Apuntó, acertó y se dijo a sí mismo: «¡bravo!»—mi madre con un tono que a ella, como cristiana, le habría sido natural para decir: herido de muerte, ensangrentado—, ¡y perdonó a su enemigo! Arrojó su pistola, extendió el brazo, devolviendo así, con toda claridad, a Pushkin al África de venganza y pasión de sus antepasados, sin sospechar siquiera qué lección para toda la vida—si no de vengan-za, sí de pasión me daba a mí, una niña de cuatro años que apenas sabía leer.
Negra con blanco, sin una sola mancha de color, la recámara de mi madre; negra con blanco la ventana: la nieve y las ramas de aquellos arbustos; negro con blanco un cuadro. El duelo, en donde, sobre la blancura de la nieve, se lleva a cabo la eterna obra negra: el asesinato del poeta por la plebe.
Pushkin fue mi primer poeta, y a mi primer poeta lo mataron. Desde ese momento, sí, desde el momento en que ante mis ojos en el cuadro de Naúmov mataron a Pushkin, cada día, cada hora, ininterrumpidamente, mataron toda mi niñez, mi adolescencia, mi juventud. Fue entonces cuando dividí el mundo en el poeta–y los demás, y elegí al poeta, tomé al poeta bajo mi protección: defender al poeta de los demás, sin importar ni cómo se vistieran ni cómo se llamaran. Había tres cuadros así en nuestra casa de Trioj Prudny: en el comedor–La aparición de Cristo ante el pueblo, con el enigma jamás resuelto de aquel Cristo absolutamente pequeñito e incomprensiblemente cercano, absolutamen te cercano e incomprensiblemente pequeñito; el segundo, sobre la estantería de las partituras en la sala Los tártaros, tártaros que, en largas túnicas blancas, en una casa de piedra sin ventanas, entre dos grandes columnas blancas mataban al tártaro principal (El asesinato del César) y en la recámara de mi madre El duelo. Dos asesinatos y una aparición. Y los tres eran terribles, incomprensibles, amenazadores y el bautismo con aquellas gentes y aquellos niños, desnudos, con el pelo rizado, negros y de nariz aguileña, que habían llenado tanto el río que ya no quedaba ni una sola gota de agua, no era menos terrible que los otros dos y todos preparaban espléndidamente al niño para el siglo terrible que le esperaba. "



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