Las hermanas (fragmento)Stefan Zweig

Las hermanas (fragmento)

"Se detuvo y, previsor, reprimió una sonrisa, como queriendo asegurarse antes de ha­ber tentado lo suficiente mi curiosidad. Pero una media respuesta hace que uno se vuel­va impaciente por conocer el resto, de modo que entablamos conversación y con gusto accedí a su invitación de probar un vaso de aquel áspero vino dorado. Ante nosotros, las agujas de las torres refulgían soñadoras a la luz de la luna que lentamente se iba aclarando. El vino me gustó, me pareció excelen­te, como también la pequeña leyenda de las hermanas iguales-desiguales que me contó aquel hombre en medio de aquel tibio ano­checer y que se reproduce aquí de la manera más fiel posible, aunque sin garantía alguna acerca de su veracidad histórica.
Cuando en una ocasión el ejército del rey Teodosio se vio en la necesidad de instalar sus cuarteles de invierno en la que por en­tonces era la capital de Aquitania, y gracias a un merecido descanso los rocines derren­gados recuperaron su pelaje suave como la seda y los soldados comenzaron a aburrirse, sucedió que el capitán de la caballería, de nombre Herilunt, un lombardo, se enamoró de una hermosa tendera que allí, a la sombra llena de recovecos de los barrios ba­jos de la ciudad, vendía especias y dulce pan de miel. Él sucumbió de manera tan fuerte a la pasión que, indiferente a su baja extrac­ción social, la desposó rápidamente para po­der estrecharla cuanto antes entre sus bra­zos y se mudó con ella a una casa principesca en la plaza del mercado. Allí se quedaron sin que nadie los viera durante muchas semanas, abandonados el uno al otro, y se olvidaron de los hombres, del tiempo, del rey y de la guerra. Pero mientras ellos estaban por completo sumidos en el amor y se queda­ban cada noche amodorrados el uno en brazos del otro, el tiempo no durmió. De pronto se levantó un cálido viento del sur, bajo cuya lengua abrasadora el hielo reventó en las corrientes, y a cuyo paso fugaz en los prados los crocus y las violetas empollaron sus florecillas de distintos colores. De la noche a la mañana, las copas de los árboles reverdecie­ron. En las ramas heladas, guirnaldas llenas de capullos rompieron sus húmedos brotes. La primavera volvió a renacer de la tierra sa­turada. Y con ella, de nuevo la guerra. Una mañana la aldaba de bronce del portón gol­peó, imperiosa y exigente, en mitad del ligero reposo matutino de los amantes. Un mensajero del rey ordenó a su capitán que cogiera sus armas y partiera de allí. Los tambores resonaron en los cuarteles de acantonamien­to. El viento restalló en las banderas. "



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