Wadzek contra la turbina de vapor (fragmento)Alfred Döblin

Wadzek contra la turbina de vapor (fragmento)

"Enseguida se oyó un ligero timbre infantil que procedía de la planta baja, después un portazo, el ruido de una cadena y, por último, el crujir de una cerradura. Entonces el timbre de la venta sonó dos veces, y luego todo quedó en silencio. Herta, ya en la primera planta, se agarró a la barandilla y gritó: -¿Por qué llevas la capucha puesta?
Wadzek no se volvió.
-Es por la lluvia.
Cuando las dos mujeres hubieron entrado en la casa, unos pasos pesados subieron la escalera. Schneemann, el hombre gordo y redondo, se movía. También él llevaba un loden que había comprado la tarde anterior; temiendo llamar la atención del propietario de la tienda por comprarse un abrigo grueso un día seco y caluroso, Schneemann se quedó con el primer modelo que el locuaz vendedor le había ofrecido, una prenda que le iba muy estrecha de hombros y que además iba arrastrando. Aquel abrigo estaba hecho para un Goliat delgado. Así que Schneemann subió la escalera arrastrando su larga cola, y asustó a Wadzek con el roce del paño. Wadzek se puso a hablar solo, maldiciendo en el rellano, y balbució:
-¡Alto, alto! ¿Quién es?
Schneemann contestó atribulado:
-El abrigo me queda largo.
Wadzek lo esquivó, miró hacia la escalera con desconfianza y dijo que tenía que remangárselo. El gordinflón gritó:
-¡Eso hago todo el rato, pero también me arrastra por detrás!
Wadzek lo apaciguó; debía hacerse con un imperdible, las mujeres se encargarían, también se podía coser. Schneemann tenía manchas rojas en las zonas granujientas de su rostro gris; las manos le temblaban; intentaba sin éxito abrir el corchete del cuello del abrigo; estaba decidido a cambiarlo por otro; le habían engañado, no sólo era demasiado largo, sino que además le apretaba casi tanto como una pinza. Wadzek lo observaba co interés; era obvio que el corchete tampoco valía para nada, pues estaba escondido. De pronto el cuello se desgarró ante los acalorados esfuerzos de Schneemann, y quedó totalmente desbocado; un pequeño jirón de paño colgaba de la corcheta, aún cerrada. El dueño de la prenda hizo un ovillo con ella y la arrojó contra el suelo; ambos convinieron en que Schneemann había sido muy mal atendido durante su compra, por no decir estafado; incluso en aquel estado, la prenda debía ser cambiada por otra sin más dilación.
-Tiene que ir a cambiarlo-dijo Wadzek impasible, guiñando los ojos desde arriba-. Debe ir a la tienda.
-Sí- dijo Schneemann con voz ronca, estaba muy encendido, prosiguió en tono burlón-: ¿No le importaría hacerme el favor de ir usted? Me he dado un golpe en la rodilla y me cuesta andar.
Wadzek asintió lamentando la situación, y preguntó compasivo de qué pierna se trataba, aunque añadió que era imposible cambiar un abrigo sin probárselo. Aquella pareció ser justamente la respuesta que Schneemann estaba esperando; el gordinflón dio un puñetazo en el aire y amenazó enojado:
-Usted tiene la misma constitución que yo; hay alguna pequeña diferencia, pero menor; ¡lo que importa es el contorno de pecho y el ancho de hombros! ¡Pregunte a su sastre, eso es lo que cuenta en un abrigo! ¡A usted pueden llamarle a filas igual que a mí!. "



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