La ciudadela (fragmento)Antoine de Saint-Exupery

La ciudadela (fragmento)

"Pues he visto extraviarse la piedad con demasiada frecuencia. Pero nosotros, que gobernamos a los hombres, hemos aprendido a sondear su corazón para otorgar nuestra solicitud sólo al objeto digno de atención. Pero niego esta piedad a las heridas ostentosas que atormentan el corazón de las mujeres, así como a los moribundos, y también a los muertos. Y sé por qué. Hubo un tiempo en mi juventud en que tuve piedad de los mendigos y de sus úlceras. Contrataba curanderos para ellos y compraba bálsamos. Las caravanas me traían de una isla ungüentos a base de oro que recosían la piel sobre la carne. Así obré hasta el día en que comprendí que consideraban un lujo raro su pestilencia, al sorprenderlos rascándose y humectándose con fiemo como aquel que estercoliza una tierra para arrancarle la flor purpúrea. Se mostraban uno a otro su podredumbre con orgullo, envaneciéndose de las ofrendas recibidas; pues quien ganaba más, se igualaba ante sí mismo al gran sacerdote que expone el ídolo más bello. Si consentían en consultar a mi médico, era con la esperanza de que su chancro le sorprendiera por su pestilencia y amplitud. Y agitaban sus muñones para tener un lugar en el mundo. Aceptaban los cuidados como un homenaje, ofreciendo sus miembros a las abluciones que los halagaban, pero apenas el mal se había borrado, se descubrían sin ninguna importancia, no nutriendo ya nada de sí, como inútiles, y se ocupaban en adelante en resucitar la úlcera que vivía de ellos. Y, bien arropados nuevamente en su mal, gloriosos y vanos, volvían a tomar, escudilla en mano, la ruta de caravanas y, en nombre de sus dioses sucios, exigían la limosna de los viajeros. Hubo un tiempo también en que tuve piedad de los muertos. Creyendo que aquel a quien sacrificaba en su destierro zozobraba en una soledad desesperada sin entrever que no hay soledad para los que mueren. No me había negado todavía su condescendencia. Pero he visto al egoísta o al avaro, aquel mismo que gritaba tan fuerte contra toda expoliación, suplicar, llegada su última hora, que se reunieran a su alrededor los familiares de su casa y repartir luego sus bienes con una equidad desdeñosa, como juguetes fútiles entre los niños. He visto al herido pusilánime, el mismo que hubiera aullado para pedir socorro en el corazón de un peligro sin grandeza, una vez despedazado verdaderamente, rechazar toda asistencia de los demás si esta asistencia hacía correr algún peligro a sus camaradas. Celebramos semejante abnegación. Pero no he visto en ella sino un signo discreto de desprecio. Conozco al que comparte su cantimplora cuando ya se seca al sol, o su corteza de pan en el apogeo de su hambre. Y es en primer lugar porque ya desconoce la necesidad, y, henchido de una real ignorancia, abandona a los otros el hueso por roer. He visto a las mujeres plañir por los guerreros muertos. ¡Pero fuimos nosotros mismos quienes las hemos engañado! Tú has visto retornar a los sobrevivientes, gloriosos y fastidiosos, contando con gran algazara sus hazañas, aportando, en caución del riesgo aceptado, la muerte de los otros; muerte que relatan terrible, pues podría haberles sobrevenido. Yo mismo, en mi juventud, quise alrededor de mi frente esa aureola de sablazos recibidos por los otros. Volvía, blandiendo mis compañeros muertos y su terrible desesperación. Pero aquel al que la muerte ha escogido, ocupado en vomitar su sangre o contener sus entrañas, descubre sólo la verdad, a saber: que no hay horror de la muerte. Su propio cuerpo se le aparece como un instrumento en adelante vano, que ha dejado de servir y que él arroja. Un cuerpo desmantelado que muestra su mucho uso. Y si el cuerpo tiene sed, el moribundo no reconoce sino una ocasión más de sed, de la que será agradable verse libre. Y todos los bienes que servían para engalanar, nutrir, festejar esta carne semi-extranjera, que es sólo propiedad doméstica, como el asno atado a su noria, se tornan inútiles. Entonces comienza la agonía que es balanceo de una ciencia alternativamente vaciada y vuelta a llenar por las marejadas de la memoria. Van y vienen como flujo y reflujo, trayendo, como se las habían llevado, todas las provisiones de imágenes, todos los caracolillos del recuerdo, todas las conchas de todas las voces escuchadas. Suben, bañan de nuevo las algas del corazón; y he aquí de nuevo todas las ternuras reanimadas. Pero el equinoccio prepara su reflujo decisivo, el corazón se vacía, la marea y sus provisiones vuelven a Dios. "


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