Las criadas (fragmento)Jean Genet

Las criadas (fragmento)

"SOLANGE. —No se mueva. Quizá vaya a descubrir con usted el medio más sencillo y el valor, señora, de liberar a mi hermana y al mismo tiempo llevarme a mí misma a la muerte.
CLARA. —¿Qué vas a hacer? ¿Dónde vamos a ir a parar con todo esto?
SOLANGE. —Por favor, Clara, contéstame.
CLARA. —Solange, dejemos el asunto. Estoy que no puedo más, déjame.
SOLANGE. —Yo seguiré sola, sola, querida. No se mueva. Disponiendo de tan maravillosos medios, era imposible que la señora saliera ilesa. (Avanzando hacia Clara.) Y esta vez, quiero terminar de una vez con una chica tan cobarde.
CLARA. —Solange, Solange. ¡Socorro!
SOLANGE. -Chille, si quiere. Dé el último grito, señora, si lo desea. (Empuja a Clara, que se queda acurrucada en un rincón.) Por fin. La señora ha muerto. Tendida en el linóleo... Estrangulada con los guantes de fregar la loza. ¡La señora puede quedar sentada! La señora puede llamarme señorita Solange. Precisamente, por lo que hice. El señor y la señora me llamarán señorita Solange Lemercier... La señora tenía que haberse quitado ese vestido negro, es grotesco. (Imita la voz de la señora.) Estoy reducida a ir de luto por mi criada. A la salida del cementerio todos los criados del barrio desfilaron delante de mí, como si hubiera pertenecido a la familia. Afirmé tantas veces que ella formaba parte de la familia... La muerta habrá tomado la broma al pie de la letra. ¡Sí, señora!... La señora y yo somos iguales y ando con la cabeza erguida... (Se ríe.) No, señor inspector, no. No sabrá usted nada de mi faena, nada de nuestra faena común. Nada sobre nuestra colaboración en ese crimen... Los vestidos, la señora puede guardarlos. Mi hermana y yo teníamos los nuestros. Los que nos poníamos de noche en secreto. Ahora tengo mi vestido y usted y yo somos iguales. Llevo el traje rojo de las criminales. ¿Le hago gracia al señor? ¿Le hago sonreír al señor? ¿Cree que estoy loca? Opino que las criadas tienen que tener suficiente buen gusto como para no hacer ademanes reservados a la señora. De verdad, ¿me perdona? Es la bondad misma. Quiere competir en nobleza conmigo. Pero he conquistado la más áspera... Ahora estoy sola. Espantosa. Podría hablarle con crueldad, pero quiero ser buena. La señora remontará su miedo. Lo logrará muy fácilmente. Entre sus flores, sus perfumes, sus vestidos. Ese vestido blanco que usted llevaba por la noche en el baile de la Ópera. Ese vestido blanco que le prohíbo
siempre que se ponga. Y entre sus joyas, sus queridos. Yo tengo a mi hermana. Sí, me atrevo a hablar de ella. Me atrevo, señora. Me puedo atrever a todo. ¿Y quién podría mandarme que me callara? ¿Quién tendría el valor de decirme "hija mía"? He servido. Hice los gestos necesarios para servir. Sonreí a la señora. Me incliné para hacer la cama. Me incliné para fregar los baldosines, me incliné para pelar la verdura, para escuchar detrás de las puertas, para pegar mi ojo a la cerradura. Pero ahora me quedo tiesa. Y recia. Soy la estranguladora. La señorita Solange, la que estranguló a su hermana. ¿Que me calle? La señora es muy delicada, la verdad. Pero me compadezco de la señora. Me da lástima la blancura de la señora, su piel de seda, sus orejas diminutas, sus muñecas estrechas... Soy la gallina negra, tengo mis jueces. Pertenezco a la policía. ¿Clara? Quería mucho, pero mucho, a la señora... No, señor inspector, no explicaré nada en presencia de ellos. Esas cosas sólo nos interesan a nosotros. Ésta, chiquita, es nuestra noche, ¡la nuestra! (Enciende un cigarro y fuma torpemente. El humo la hace toser.) Ni usted ni nadie sabrán nada, excepto que esta vez, Solange fue hasta el final. La están viendo vestida de rojo, va a salir. (Solange avanza hacia la ventana, la abre y se sube al balcón. Va a decir de espaldas al público y frente a la noche, el discurso siguiente. Una brisa ligera hace mover las cortinas.) Salir, bajar por la gran escalera: la policía la acompaña. Asómense al balcón para verla andar entre los penitentes negros. Son las doce del día. Lleva una antorcha de nueve libras. El verdugo la sigue de cerca. En el oído le cuchichea palabras de amor. ¡El verdugo me acompaña, Clara! ¡El verdugo me acompaña! (Ríe.) La llevarán en procesión todas las criadas del barrio, todos los criados que la han acompañado a su última morada. (Mira hacia afuera.) Llevan coronas, flores, banderas, gallardetes. Se oye el toque de muerte. El entierro despliega su pompa. Es bonito, ¿verdad? Primero van los jefes de comedor con frac, sin solapas de seda. Llevan sus coronas. Luego vienen los lacayos, con calzones y medias blancas. Llevan sus coronas. Luego vienen los ayudas de cámara, luego las doncellas, que llevan nuestras libreas, luego las porteras, luego otras delegaciones del cielo. Y yo los conduzco. El verdugo me mece. Me aclaman. Estoy pálida y voy a morir. (Entra.) ¡Cuántas flores! Le han hecho un bonito entierro, ¿verdad? Clara, pobrecita. (Se pone a sollozar y se deja caer en una butaca... Se levanta.) Es inútil, señora, obedezco a la policía. Tan solo ella me comprendió. Ella también pertenece al mundo de los réprobos. (Acodada a la puerta de la cocina, desde hace un momento, Clara, visible tan sólo para el público, escucha a su hermana.) Ahora somos las señoritas Solange Lemercier. La acusada Lemercier. La Lemercier. La famosa criminal. (Cansada.) Clara, estamos perdidas. "



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