Las afinidades electivas (fragmento) Goethe

Las afinidades electivas (fragmento)

"Eduardo le dio a su esposa las muestras más amables de su vivo agradecimiento. Con ánimo liberado y alegre se apresuró a transmitirle a su amigo sus propuestas por escrito. Le pidió a Carlota que añadiera con su propia mano una postdata expresando su aprobación y sumando sus amistosos ruegos a los de su esposo. Lo hizo con pluma ágil y de modo cortés y gentil, pero con una especie de premura que no era habitual en ella. Y, cosa que nunca le solía ocurrir, ensució el papel con una mancha de tinta que la puso de mal humor y que, además, no hizo sino agrandarse cuando intentó borrarla. Eduardo bromeó al respecto y como todavía había sitio añadió una segunda postdata diciéndole a su amigo que debía entender aquel signo como muestra de la impaciencia con la que era esperado y que tenía que disponer su viaje con la misma premura con la que había sido escrita esa carta. Partió el mensajero y Eduardo creyó no poder expresar mejor su gratitud más que insistiendo repetidas veces para que Carlota hiciese sacar cuanto antes a Otilia de su internado.
Ella le rogó un aplazamiento y consiguió despertar en Eduardo el deseo de hacer música aquella noche. Carlota tocaba muy bien el piano, Eduardo no tan bien la flauta, porque aunque se había esforzado mucho en ocasiones aisladas, nunca había tenido la paciencia y la constancia necesarias para cultivar un talento de ese género. Por eso, tocaba su parte de modo muy desigual, algunos pasajes bien, aunque tal vez algo rápidos, y otros con interrupciones, porque no los conocía tan a fondo, de modo que a cualquier otra persona le habría resultado muy difícil ejecutar con él un dueto. Pero Carlota sabía encontrar el hilo y no se perdía. Se detenía y dejaba que él la volviera a arrastrar, de modo que sabía conjugar a la perfección el doble papel del buen director de orquesta y de la discreta ama de casa capaces de conservar siempre el ritmo general aunque cada pasaje aislado no esté del todo acompasado.
Llegó el capitán. Había mandado por delante una carta muy inteligente que tranquilizó por completo a Carlota. Tanta clarividencia sobre sí mismo, tanta claridad sobre su propio estado y el estado de sus amigos prometían una perspectiva serena y risueña.
Las conversaciones de las primeras horas, tal como suele suceder entre amigos que no se han visto desde hace tiempo, fueron muy vivas y casi agotadoras. Al atardecer Carlota propuso un paseo por las nuevas instalaciones. Al capitán le gustaba mucho aquel paraje y reparaba en todas sus bellezas, que sólo gracias a los nuevos caminos se podían ver y disfrutar. Tenía una mirada ejercitada y al mismo tiempo fácil de contentar. Y aunque enseguida se daba cuenta de las cosas que se podían mejorar, no hacía como algunos y no disgustaba con sus comentarios a las personas que le estaban enseñando sus propiedades ni se le ocurría exigir más de lo que las circunstancias permitían o recordar en voz alta algo más perfecto visto en otro lugar.
Cuando llegaron a la cabaña de musgo la encontraron adornada del modo más alegre, es verdad que sobre todo con flores artificiales o plantas de invierno, pero entremezcladas de manera tan hermosa con haces naturales de espigas y otros frutos variados que no cabía dudar del sentido artístico de la que lo había concebido. "



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