Taras Bulba (fragmento)Nikolai Gogol

Taras Bulba (fragmento)

"Aquellas palabras caían como la chispa sobre la yesca. El arador destruía su arado, los cerveceros y lagareros tiraban sus tinajas y rompían sus barricas, el artesano y el comerciante mandaban al diablo el taller y el negocio y se liaban a romper los tarros de la casa. Y todos cuantos eran montaban a caballo. En fin, aquí el carácter ruso se hacía aún más generoso y gallardo.
Tarás era un viejo caudillo de estirpe. Había nacido para el ejercicio de las armas; era de carácter tosco y recto. En la nobleza rusa ya se hacía notar la influencia de Polonia. Muchos copiaban ya las costumbres polacas, se rodeaban de lujo, de múltiple servidumbre, de halcones, monteros, banquetes, criados. A Tarás, aquello le disgustaba. Era amigo de la vida sencilla y se enemistó con los compañeros dados a lo varsoviano, a los que llamaba esclavos de los hidalgos polacos. Hombre inquieto, se consideraba paladín legítimo de la ortodoxia. Cuando un poblado se quejaba de los arrendatarios y de los nuevos impuestos sobre el humo de las chimeneas, allí entraba él a su libre albedrío.
Allí arbitraba con sus cosacos; y las razones por las que desenvainaba el sable eran tres: si los recaudadores polacos faltaban el respeto a los alcaldes y no se descubrían en presencia de ellos; cuando se mofaban de la ortodoxia y quebrantaban las leyes antiguas, y cuando el enemigo era un herejote o un turco, contra los cuales consideraba permitido blandir el arma en honor de la cristiandad. Ahora se recreaba imaginándose cómo llegaría con sus dos hijos a la Sech y diría: "Mirad qué dos mozos os traigo"; cómo los presentaría a sus viejos amigos, veteranos de mil batallas; cómo contemplaría las primeras proezas de sus hijos en el arte de la guerra y en el beber, que también consideraba virtud de caballero. Su primera intención había sido enviarlos solos. Pero al ver su mocedad, su prestancia y gallardía, se sintió arrebatado del espíritu bélico y decidió que al día siguiente iría él también, aunque a ello sólo le obligaba su terquedad. Anduvo de un lado para otro, dio disposiciones, eligió caballos y arneses para sus hijos, entró en cuadras y graneros, y designó a los criados que al día siguiente los acompañarían. Entregó sus poderes al esaúl Tovkach, encomendándole que acudiera inmediatamente con el regimiento si le mandaba aviso desde la Sech. Estaba achispado y el vino aún le andaba en la cabeza, pero no se olvidó de nada. Ordenó que abrevaran los caballos, que les echaran del trigo grande y nuevo, y regresó a casa cansado de tantas diligencias. "



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