Primavera triste (fragmento)Vicente Blasco Ibáñez

Primavera triste (fragmento)

"Todo se necesitaba para vivir con tan poca tierra. Había que estar siempre sobre ella, tratándola como bestia reacia que necesita del látigo para marchar.
Era una parcela de un vasto jardín, en otro tiempo de los frailes, que la desamortización revolucionaria había subdividido. La ciudad, ensanchándose amenazaba tragarse el huerto en su desbordamiento de casas, y el tío Tófol, a pesar de hablar mal de sus terruños, temblaba ante la idea de que la codicia tentase al dueño y los vendiese como solares.
Allí estaba su sangre: sesenta años de trabajo. No había un pedazo de tierra inactiva, y aunque el huerto era pequeño, desde el centro no se veían las tapias: tal era la maraña de árboles y plantas; nísperos y magnolieros, bancales de claveles, bosquecillos de rosales, tupidas enredaderas de pasionarias y jazmines: todas cosas útiles, que daban dinero y eran apreciadas por los tontos de la ciudad.
El viejo, insensible a las bellezas de su huerto, sólo ansiaba la cantidad.
Quería segar las flores en gavillas, como si fuesen hierba; cargar carros enteros de frutas delicadas; y este anhelo de viejo avaro e insaciable martirizaba a la pobre Borda, que apenas descansaba un momento, vencida por la tos, oía amenazas o recibía como brutal advertencia un terronazo en los hombros.
Las vecinas de los inmediatos huertos protestaban. Estaban matando a la chica; cada vez tosía más. Pero el viejo contestaba siempre lo mismo: había que trabajar mucho; el amo no atendía razones en San Juan y en Navidad, cuando correspondía entregarle las pagas de arrendamiento. Si la chica tosía era por vicio, pues no le faltaban su libra de pan y su rinconcito en la cazuela de arroz; algunos días hasta comía golosinas: morcilla de cebolla y sangre, por ejemplo; los domingos la dejaba divertirse, enviándola a misa como una señora, y aún no hacía un año que le dio tres pesetas para una falda. Además, era su padre, y el tío Tófol, como todos los labriegos de raza latina, entendía la paternidad cual los antiguos romanos: con derecho de vida y muerte sobre los hijos, sintiendo cariño en lo más hondo de su voluntad; pero demostrándolo con las cejas fruncidas y alguno que otro palo.
La pobre Borda no se quejaba. Ella también quería trabajar mucho, para que nunca le quitasen el pedazo de tierra, en cuyos senderos aún creía ver el zagalejo remendado de aquella vieja hortelana, a la que llamaba madre cuando sentía la caricia de sus manos callosas.
Allí estaba cuanto quería en el mundo: los árboles que la conocieron de pequeña y las flores, que en su pensamiento inocente hacían surgir una vaga idea de maternidad. Eran sus hijas, las únicas muñecas de su infancia, y todas las mañanas experimentaba la misma sorpresa viendo las flores nuevas que surgían de sus capullos, siguiéndolas paso a paso en su crecimiento, desde que, tímidas, apretaban sus pétalos, como si quisieran retroceder y ocultarse, hasta que con repentina audacia estallaban como bombas de colores y perfumes.
El huerto entonaba para ella una sinfonía interminable, en la cual la armonía de los colores confundíase con el rumor de los árboles y el monótono canturreo de aquella acequia fangosa y poblada de renacuajos, que, oculta por el follaje, sonaba como arroyuelo bucólico.
En las horas de fuerte sol, mientras el viejo descansaba, iba la Borda de un lado a otro, admirando las bellezas de su familia, vestida de gala para celebrar la estación. ¡ Qué hermosa primavera! Sin duda, Dios cambiaba de sitio en las alturas, aproximándose a la Tierra.
Las azucenas de blanco raso, erguíanse con cierto desmayo, como las señoritas en traje de baile que la pobre Borda había admirado muchas veces en las estampas; las camelias, de color carnoso, hacían pensar en tibias desnudeces, en grandes señoras indolentemente tendidas, mostrando los misterios de su piel de seda; las violetas coqueteaban ocultándose entre las hojas para denunciarse con su perfume; las margaritas destacábanse como botones de oro mate; los claveles, cual avalancha revolucionaria de gorros rojos, cubrían los bancales y asaltaban los senderos; arriba, las magnolias balanceaban su blanco cogollo como un incensario de marfil que esparcía incienso más grato que el de las iglesias; y los pensamientos, maliciosos duendes, sacaban por entre el follaje sus garras de terciopelo morado, y, guiñando las caritas barbudas, parecían decir a la chica:
-Borda, Bordeta..., nos asamos. ¡Por Dios, un poquito de agua!
Lo decían, sí; oíalo ella, no con los oídos, sino con los ojos, y aunque los huesos le dolían de cansada, corría a la acequia a llenar la regadera y bautizaba a aquellos pilluelos, que bajo la ducha saludaban agradecidos. "



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