La feria de los discretos (fragmento)Pío Baroja

La feria de los discretos (fragmento)

"Al abrirse el testamento del platero se encontraron con que su fortuna, casi íntegra, excepto unas mandas para dos parientes lejanos, la legaba a Fuensanta. Era, entre el dinero y la casa, una fortuna que ascendía a treinta mil duros.
Entonces la Fuensanta y el Pende trataron de alquilar toda la planta baja de la casa de la Zapatería para convertirla en un gran almacén; el dueño accedió, pero el que tenía alquilada la tienda para espartería dijo que él no se marchaba, que tenía un contrato para diez años con el dueño de la casa, y que no se iba. Le ofrecieron una indemnización, pero el hombre siguió en sus trece.
¡Y que no era terco el gachó! ¡El Capita! Era un hombre que se las traía, con una historia pistonuda. Vivía hacia algún tiempo amontonado con una viuda que tenía dos hijas educándose en un colegio. Al salir la mayor de las hijas de su pensión, el hombre se enamoró de ella y se casó, pero siguió enredado con la madre. El Capita era un punto. Se enteró su mujer del contubernio, e indignada, y para vengarse, se escapó con el dependiente de su marido; pero el Capita no se apuró por el caso. Vino la segunda hija, y el Capita, que tenía mucha mano, comenzó a camelarla, y ésta, más transigente que su hermana mayor, aceptó los hechos consumados.
El Capita se encontraba bien en su tienda; tenía, sin duda, cariño a todos aquellos serones y jáquimas, testigos mudos de sus borracheras y de sus amores tempestuosos, y se le metió en la cabeza que no se había de marchar, pero el hombre no contaba con la huésped, y la huésped aquí fue la Fuensanta, que cuando decía que tenía que hacer una cosa la hacía por encima de la cabeza de Dios.
La Fuensanta, a la chita callando, traspasó la platería heredada, luego vendió la casa de la calle de Librerías, y con el dinero del traspaso y el de la venta compró la casa de la calle de la Zapatería, y el Capita tuvo que salir pitando, hala que hala, con sus albardas y sus serones.
La Fuensanta y el pende convirtieron toda la planta baja en almacén.
Suministraban género al por mayor a los cuarteles y a la cárcel, pero no les convenía matar el negocio al menudeo, y alquilaron en la Espartería la tienda que tenía junto al Arco Alto, cerca del callejón de Gitanos. Este sitio, conocido antiguamente con el nombre del Gollizno, por su mucha estrechez, es uno de los sitios más animados de Córdoba. Por cierto que ahí...
-¡Por Dios! ¿Otra historia?-exclamó Quintín-. ¿No ha acabado usted ya?
-Sí.
-Cuéntenos usted el final-dijo la vieja-, ¿qué le pasó a ese Pende?
-Nada, que le nombraron concejal y luego teniente de alcalde, y hoy es un comerciante rico, un banquero, y los que éramos ricos antes no tenemos una perra. ¿Eh? Pues ésa es la historia. Bueno. Venga más vino.
Don Gil cogió con una mano la botella, se la acercó a la boca y comenzó a beber.
-Basta, hombre, basta-dijo la señora Patrocinio.
El arqueólogo no hizo caso, y no terminó hasta vaciar la botella. Entonces paseó la mirada por el cuarto, cerró los ojos, apoyó la cabeza en la mesa, y un instante después comenzó a roncar estrepitosamente. "



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