La formación de una marquesa (fragmento)Frances Hodgson Burnett

La formación de una marquesa (fragmento)

"Hester saboreaba la pura dulzura del aire fresco y su alma absorbía la belleza de un paisaje distinto a todos los que había visto. En Londres había perdido la esperanza y su espíritu había enfermado. Las habitaciones de Duke Street, el sempiterno desayuno a base de abadejo y huevos de dudoso aspecto, las facturas impagadas, la habían ido minando. Había llegado a un punto en que creía no poder soportarlo más. En aquel nuevo lugar abundaban los árboles frondosos y el aire fresco, y, en cambio, no había caseras. Sin renta que pagar, podría por fin sentirse libre de al menos un tormento.
No esperaba, sin embargo, mucho más aparte de esta libertad. Era muy probable que la vieja granja, como todas las que se ceden a parientes sin pecunio, fuera un nido de incomodidades.
Pero antes de cruzar el umbral comprendió que, por alguna razón, los habían obsequiado con algo más. El viejo y peculiar jardín estaba arreglado: reinaba en él un orden anárquico por el que las trepadoras campaban a sus anchas, las flores crecían en cualquier grieta y los arbustos se acumulaban sin restricción. El maltrecho corazón de la muchacha palpitó al llegar al venerable porche de ladrillo, que en ciertos detalles recordaba al pórtico de una pequeña iglesia.
A través de la puerta abierta vislumbró el interior, confortable y pintoresco como no se había atrevido a soñar. No tenía conocimientos suficientes para apreciar el cambio milagroso que Emily había obrado, pero se daba cuenta de que el singular mobiliario tenía una curiosa armonía. A los bancos y sillas parecían contemplarlos varios siglos de vida campestre, como si formaran parte de la casa igual que las gruesas vigas y puertas.
Se detuvo en mitad del vestíbulo. Parte de la sala estaba panelada en roble y parte estaba enjalbegada. En los anchos muros habían abierto ventanas de bajo antepecho.
-No se parece a ninguna otra casa que haya visto-comentó.
-En la India es imposible encontrar nada parecido-respondió su marido-, y en Inglaterra muy difícil. Voy a echar un vistazo a los establos.
Sorprendentemente, lo que vio lo dejó muy satisfecho. Walderhurst le había prestado un caballo de montar decente y Hester disponía de un pequeño y respetable carruaje. Palstrey Manor les había "resuelto la papeleta". Era mucho más de lo que esperaba. Sabía que de haber regresado a Inglaterra soltero no le habrían mostrado tanta hospitalidad, así que, hasta cierto punto, su buena suerte era el resultado de que Hester formara parte de su vida. Al mismo tiempo tenía la impresión de que ese resultado no se habría producido si la presencia de Hester no se hubiera combinado con otro factor, una mujer compasiva y con cierto poder: la nueva lady Walderhurst.
"A pesar de todo, ¡maldita sea!", juró en silencio al entrar en una cuadra para acariciar a la esbelta yegua.
Entre Palstrey y la Granja de los Perros se establecieron unas relaciones definidas por dos rasgos característicos: lord Walderhurst no desarrolló mayor ni más cálido interés por los Osborn, pero lady Walderhurst sí. Después de acceder a los deseos de Emily y actuar con generosidad en beneficio de su presunto heredero y de su esposa, lord Walderhurst no sentía ninguna necesidad de hacer mayores demostraciones de afecto.
-No me gusta ahora más que antes-dijo a Emily-. Y no puedo decir que la señora Osborn me dé curiosidad. Por supuesto, existen razones para que una mujer de buen corazón como tú sea especialmente buena con ella en este preciso momento. Haz por ellos lo que te parezca bien mientras vivan aquí, pero, por mi parte, el hecho de que ese hombre sea mi presunto heredero no basta para que le tenga afecto... más bien al contrario.
Hay que admitir que entre Walderhurst y Osborn existía ese rencor que no mengua por dejar de expresarse y que sigue acechando en las profundidades del ser interior. Walderhurst no habría sido capaz de decirse que aquel joven robusto y de sangre caliente le desagradaba sobre todo porque, cuando se lo encontraba montando a caballo con el arma al hombro y seguido por un guarda, se daba cuenta, de modo casi inconsciente, de una verdad incómoda: que recorría a caballo lo que algún día podrían ser sus tierras y cazaba pájaros que en el futuro tendría el derecho a preservar, y que, en ese futuro y en tanto que señor de la finca, podría invitar a otras personas a cazar, así como impedir que cazaran personas más desfavorecidas, lo cual constituía una verdad lo suficientemente irritante para acentuar todas las faltas de educación y carácter del capitán.
Emily, que cada día que pasaba entendía mejor a su marido, fue comprendiendo esta circunstancia poco a poco. Quizá su mayor progreso se produjera un día en el coche en que había ido a buscarla al páramo. Vieron venir a Osborn, que no los vio a ellos, por un bosque armado con su escopeta. Una sombra de enojo cruzó el rostro de Walderhurst. "



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