Los elixires del diablo (fragmento)E.T.A. Hoffmann

Los elixires del diablo (fragmento)

"Nos retiramos al campo y sólo el tiempo fue capaz de suavizar la aflicción profunda y destructiva que aquejó al barón. Hermógenes creció y se convirtió en un espléndido joven. Aurelia era la viva imagen de su madre. La cuidadosa educación de los niños constituía nuestra tarea diaria y nuestra alegría.
Hermógenes mostró una inclinación decidida hacia la carrera militar, lo que obligó al barón a enviarle a la ciudad, para allí, bajo el cuidado de su amigo el gobernador, comenzar a aprender el oficio de las armas. Hace tres años el barón permaneció con Aurelia y conmigo de nuevo todo el invierno en la ciudad, como en los viejos tiempos, en parte para tener a su hijo cerca, en parte por sus amigos, que habían insistido incansablemente en que viniera para volver a verle. La sobrina del gobernador, recién llegada de la Corte, causó en aquella época sensación general. Era huérfana y había crecido bajo la protección de su tío, aunque de una de las alas del palacio, donde residía, hizo una casa propia y acostumbraba a reunir en torno a sí a la mejor sociedad. Sin detenerme a describir mejor a Eufemia, lo que resulta además innecesario, porque, venerable señor, no tardaréis en verla, me limitaré a decir que todo lo que ella hace y dice está animado de una gracia indescriptible, aumentando hasta lo irresistible el atractivo de su exuberante belleza corporal. Allá donde aparece, emerge la vida con nuevo esplendor y en todas partes se rinde homenaje a su persona con encendido entusiasmo. Sabía despertar de tal manera el interior de los seres más banales y sin vida, que éstos se alzaban por encima de su propia pobreza de espíritu y gozaban encantados de los placeres de una vida interior que de otro modo habría permanecido desconocida para ellos. No faltaban, naturalmente, adoradores que hacían a diario la corte con fervor a su diosa. No se podía decir con certeza que favoreciese a uno u otro, más bien sabía con traviesa ironía que, sin ofender a ninguno, les excitaba y estimulaba como especias fuertes y picantes, para envolver a todos con un lazo indisoluble, de modo que se movían, hechizados en un círculo mágico, con alegría y placer. Esta Circe causó al barón una extraordinaria impresión. Desde su aparición le prestó una atención que parecía surgir de un respeto infantil.
En cada conversación mostró un sentido común y unos sentimientos tan profundos que él apenas recordaba haber encontrado en otra mujer. Con indescriptible tenacidad buscó y encontró la amistad de Aurelia, a la que trató con tal calidez que, incluso, no desdeñó preocuparse por sus pequeñas necesidades de vestuario como lo hubiera hecho una madre. Supo apoyar de tal manera a una muchacha tan inexperta en la más brillante sociedad, que esta ayuda en vez de llamar la atención contribuyó a resaltar el entendimiento natural y el correcto estado de ánimo de Aurelia, que pronto gozó de un gran respeto. El barón se deshacía en alabanzas siempre que se hablaba de Eufemia, y aquí, quizá por vez primera en nuestra vida, fuimos de una opinión completamente distinta. Por costumbre yo hacía más en sociedad el papel de observador atento y no entraba directamente en animada conversación. Así, había observado también a Eufemia, con la que había cruzado aquí y allá un par de amigables palabras según su costumbre de no pasarse a nadie por alto, con peculiar atención y como a una aparición de gran interés. Tuve que reconocer que ella era la mujer más bella y espléndida de todas, que en todo lo que hablaba se reflejaba su sentido común e inteligencia y, sin embargo, experimenté un sentimiento inexplicable de rechazo hacia ella, no podía evitar tener una sensación fatal que se apoderaba instantáneamente de mí tan pronto como me miraba o empezaba a hablar conmigo. En sus ojos ardía a menudo un fulgor especial que, cuando creía no ser observada, despedía rayos centelleantes, como si irradiase violentamente un fuego interno y corrupto, sólo superado con esfuerzo. Por añadidura pendía a menudo de su delicada y bien formada boca una mueca de ironía hostil que me hacía temblar, ya que era la cruda expresión del escarnio malicioso. Que mirase a menudo a Hermógenes de esa manera, que se interesaba por ella muy poco o nada, me confirmaba que algo se escondía tras su bella máscara que nadie parecía sospechar. No podía, es cierto, oponer a las exageradas alabanzas del barón más que mis observaciones fisiognómicas, que él no tomó en consideración; más bien tomó mi aversión interna contra Eufemia como una extraña idiosincrasia. Me confió que Eufemia entraría probablemente a formar parte de la familia, ya que lo iba a intentar todo para unirla en el futuro a Hermógenes. Éste penetró en la habitación justo cuando hablábamos seriamente sobre el asunto y yo buscaba posibles razones que justificasen mi opinión sobre Eufemia. El barón, acostumbrado a actuar en todo con celeridad y abiertamente, le comunicó sus planes y deseos respecto a Eufemia. Hermógenes escuchó con tranquilidad lo que el barón dijo con gran entusiasmo en su loa. Pero cuando terminó el discurso laudatorio, respondió que no se sentía en lo más mínimo atraído por Eufemia, que no podría amarla jamás y por ello solicitaba de todo corazón que se renunciase al plan de semejante unión. El barón quedó consternado al ver su amado proyecto destruido sin haber pasado del primer estadio, pero tampoco se esforzó por presionar a Hermógenes, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera conocía los sentimientos de Eufemia al respecto. "



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