La copa dorada (fragmento)Henry James

La copa dorada (fragmento)

"Magie se hallaba en el fresco crepúsculo, y lo aceptaba todo, todo cuanto tenía a su alrededor, allí donde cada cosa acechaba, como la razón que justificaba lo que había hecho. Por fin sabía, realmente, por qué, y cómo, había recibido la inspiración y la guía, por qué había sido constantemente capaz, por qué, en todo instante, su alma había estado al servicio de este fin. Allí tenía por fin el momento, el fruto dorado que había resplandecido desde lejos. Sin embargo, ¿qué eran esas cosas, en realidad, para la mano y para los labios, cuando se tocaban, cuando se cataban? ¿Qué representan, en cuanto a recompensa? Al encontrarse más cerca de lo que jamás había estado de la justa medida de su rumbo, y ante la vista de sus actos, ella sufrió un instante de terror, de ese terror que, cuando ha habido el precedente de la incertidumbre, siempre anuncia al ser que ha de pagar la exactitud de la cuantía. Seguía teniéndola en su mano, y la demora de su retorno obligaba al corazón de Magie a latir con excesiva premura, y era como una súbita luz cegadora, en una especulación enloquecida. Magie había arrojado los dados, pero Americo los cubría con su mano.
Sin embargo, Americo abrió la puerta al fin. No había estado ausente ni siquiera diez minutos. Y en ese instante, renovada la intensidad de su visión, Magie tuvo la impresión de ver el número de los dados. Sólo su presencia, en el momento que se detuvo para contemplar a su esposa, bastó para elevar la intensidad a su más alto punto, e incluso antes de que él empezara a hablar, Magie empezó a ser plenamente recompensada. Y teniendo conciencia de ello ocurrió algo extraordinario. Su seguridad en sí misma había hecho menguar de tal manera su terror que, al cabo de un instante, éste se había transformado en preocupación por la ansiedad del Príncipe, una ansiedad por cuanto era profundo en su ser y por cuanto era honesto en su rostro. En cuanto hacía referencia al problema de "pagar" a Magie, el Príncipe parecía ofrecerle íntegramente la bolsa de su dinero, para que ella tomara cuanto quisiera. Pero lo que al instante surgió en su mente en la disyuntiva entre el acto del ofrecimiento del Príncipe y su aceptación, fue la conciencia de que debía de acusar a su esposo la impresión de estar esperando una confesión. Esto, a su vez, le produjo un nuevo terror. Si esto era su justo pago, tendría que quedarse sin dinero. El conocimiento del príncipe estaba allí, cernido, inaceptablemente monstruoso, sabiendo que sería a costa de Charlotte, ante cuya maestría de gran estilo Magie se había inclinado deslumbrada. En consecuencia, lo único que sabía ahora era que debía estar avergonzada, avergonzada de que se pronunciaran las palabras que se pronunciaron. En resumen, que debía renunciar a ello, allí, y de una vez para siempre. "



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