Los papeles de Aspern (fragmento)Henry James

Los papeles de Aspern (fragmento)

"No podía quejarme: nuestro paseo había resultado fructífero.
No obstante, el temor de lo que Juliana podía haber hecho ya, teniendo en cuenta su astuto carácter, me tuvo varios días nervioso. Consideraba que miss Tina estaba casi en el deber de informarme, de hacerme saber definitivamente si su tía había sacrificado o no sus tesoros; pero como no daba señales de hacerlo, perdí la paciencia y decidí tomar la iniciativa.
Un día, al atardecer, mandé preguntar si me era permitido visitar a las señoras, y mi criado regresó con noticias sorprendentes. No había dificultad alguna y me estaban esperando.
La anciana estaba sentada en la sala, junto a la ventana que se abría al jardín, a través de cuyos postigos entreabiertos parecía contemplar las flores bañadas por la dorada luz veneciana. Se encontraba sola, y a juzgar por su aspecto (a causa tal vez de algún elemento más brillante en su indumentaria) hubiera podido decirse que estaba dispuesta a renunciar su contacto con la sociedad.
-¿Viene a comunicarme que se queda con las habitaciones otros seis meses?-inquirió en cuanto me vio aparecer. Y la crudeza de su codicia me dejó tan atónito como si no me hubiera dado ya antes abundantes pruebas de ella.
Su deseo de hacer productiva nuestra relación me resultaba tanto más penosa por cuanto no correspondía en absoluto a la imagen ideal que yo me había forjado de la divina Juliana..., la mujer que había inspirado inmortales versos a un excelso poeta.
Sin embargo me era forzoso admitir que, a pesar de todo, debían concedérsele ciertos atenuantes. Era yo quien había avivado la llama maldita de su avaricia; yo quien le había demostrado que tenía en sus manos un medio de conseguir dinero. Al parecer, antes no se le había ocurrido jamás. Había habitado en el palacio durante muchos años considerando que, aunque excesivo, el espacio del que disponía le costaba poco menos que nada; y no se había ocupado apenas de su economía, ya que sus rentas, por reducidas que fuesen, le bastaban sobradamente para vivir en Venecia. Pero yo había llamado un día a su puerta para enseñarle a calcular; y mi extravagante comedia con respecto al jardín me había presentado fatalmente en calidad de víctima. Como en todas las personas en quienes se obra el milagro de mudar de opinión en la vejez, su conversión había sido profunda; y se había aferrado desesperadamente a la posibilidad que yo le presentaba.
Sin esperar a ser invitado (a ella no parecía preocuparle que permaneciera en pie o me sentase), me acomodé en una de las sillas cercanas.
-¡Ah, qué imaginación tiene usted!-exclamé-. Yo no soy sino un pobre diablo, un hombre de letras que vive al día. ¿Cómo podría alquilar un palacio por tanto tiempo? Mis medios son tan escasos, mis ingresos tan inseguros, que no sé si dentro de unos meses dispondré de lo suficiente para vivir. Me he permitido, por una vez, un lujo enorme. Pero en cuanto a continuar...
-¿Le parecen demasiado caras sus habitaciones? Si es así, podría usted disponer de alguna más por la misma suma-respondió prontamente- Podríamos arreglarnos, combinare, como dicen aquí.
-Ya que me lo pregunta, le diré que las encuentro muy caras. Demasiado caras-afirmé-. Evidentemente, me supone usted más rico de lo que soy. Me miró con desconfianza.
-¿No vende los libros que escribe?
-¿Quiere decir si la gente los compra? Algo... muy poco. Mucho menos de lo que yo quisiera. Escribir libros, a menos que se sea un genio (¡y ni aun en ese caso!) es el último camino para llegar a la fortuna. Creo, además, que ya no es posible ganar dinero con la buena literatura.
-Tal vez no elige temas hermosos. ¿Sobre qué escribiré?-preguntó ella implacable.
-Sobre los libros de otros autores. Soy crítico, comentarista, historiador en pequeña escala repuse. Y me pregunté lo que iría a suceder. "



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