La rebelión de los ángeles (fragmento)Anatole France

La rebelión de los ángeles (fragmento)

"La capilla de los Santos Angeles, que se encuentra al entrar en la iglesia de San Sulpicio a mano derecha, estaba oculta por un cierre de tablas. El reverendo padre Patouille, Cayetano D'Esparvieu, su sobrino Mauricio y el señor Sariette, entraron uno tras otro por la puertecilla provisional, y vieron al viejo Guinardon sobre la plataforma de su escalera y apoyado en el Heliodoro. El viejo artista, provisto de todo género de ingredientes y herramientas, rellenaba con una pasta blancuzca la grieta Merina, dividiendo en dos mitades al gran sacerdote Onias. Ceferina, la modelo predilecta de Pablo Baudry; Ceferina, que prestó su rubia cabellera y sus hombros nacarados a tantas magdalenas, Margaritas, sílfides y ondinas; Ceferina, que, según cuentan, fue amada por el emperador Napoleón III, hallábase al pie de la escalera con los cabellos enmarañados, la cara terrosa, los ojos enro jecidos, la barbilla peluda, más vieja que el viejo Guinardon, cuya vida compartió durante cerca de medio siglo. En una cesta llevaba el almuerzo para el pintor.
Aun cuando por la ventana enrejada y emplomada se cernía la luz, difusa y oblicuamente, los colores resplandecían y la encarnación de los hombres y de los ángeles rivalizaba en vigor con la faz rutilante y fresca del viejo Guinardon. Aquellas pinturas murales de la capilla de los Angeles, debidas al pincel de Delacroix, al principio ridiculizadas y despreciadas, habían llegado a merecer la consideración de lo clásico y aspiraban a la inmortalidad junto a las obras maestras de Rubens y de Tintoretto.
El viejo Guinardon, barbudo y melenudo, parecía la imagen del Tiempo que borrara las creaciones del Genio. Cayetano se alarmó y le gritó:
—¡Prudencia, señor Guinardon, mucha prudencia! No raspe usted demasiado. El pintor le tranquilizó:
—No tema usted nada, señor D'Esparvieu; yo no acostumbro pintar de ese modo, mi arte es más elevado; uso, procedimientos análogos a los de Cimabué, del Giotto y del beato Angélico; nunca pinto como Delacroix. Este lienzo está muy recargado de oposiciones y contrastes para que pueda producir una impresión verdaderamente religiosa. Chenavard ha dicho que el arte cristiano gusta de lo pintoresco, pero Chenavard es un miserable sin fe ni ley, un descreído. Vea el señor D'Esparvieu que me limito a rellenar las grietas y a fijar pulcramente las partes que se descascarillan; no hago más. Los deterioros, debidos al asiento de los muros o acaso a una sacudida sísmica, se hallan en un reducido espacio. Esta mezcla de aceite y cera, aplicada sobre una preparación muy dura, se mantiene más firme de lo que se pudiera imaginar. Yo vi a Delacroix ocupado en esta obra. Fogoso, pero inquieto, modelaba febrilmente, borraba y corregía sin cesar; su mano poderosa tenía torpezas infantiles, ofrece su labor la maestría del genio y las inexperiencias del aprendiz. Es un milagro que esto se conserve.
Se calló, ocupado en rellenar las grietas.
—Qué clásica y tradicional es esta composición —dijo Cayetano—. Al principio sólo se apreciaban en ella sorprendentes novedades, y ahora descubrimos ya una porción de antiguos procedimientos italianos.
—Sé lo bastante para permitirme el lujo de una crítica justa —dijo el viejo desde lo alto de la escalera—. Delacroix vivió en una época impía, blasfemadora, y a pesar de haber pintado en un período decadente no estuvo exento de arrogancia ni de grandeza. Era superior a su tiempo, pero le faltaron la fe, la sencillez sentimental y la pureza. Para ver y pintar ángeles, necesitaba tener la virtud de los ángeles de los primitivos, la virtud suprema que, con ayuda de Dios, he practicado lo más posible: la castidad.
—¡Cállate, Miguel! ¡Eres tan cochino como todos!
Así exclamó Ceferina, rabiosa de celos, porque había sorprendido a su amante aquella mañana en el portal con la hija de la panadera, la joven Octavia, sucia y lustrosa como una novia de Rembrandt. Enamorada locamente de Miguel en su florida juventud, ya muy lejana, el amor no se había extinguido aún en el pecho de Ceferina.
Aquel lisonjero insulto hizo sonreír al viejo Guinardon, que ocultó su sonrisa levantando la cabeza para fijar los ojos en el cielo, donde el arcángel Miguel, terrible, con su coraza de azur y su casco de plata, se erguió gallardo en el centelleo de su gloria. "



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