La isla de los pingüinos (fragmento)Anatole France

La isla de los pingüinos (fragmento)

"El ilustre profesor Obnubile era de los últimos.
-La guerra -decía- es un signo de barbarie que el progreso de la civilización hará desaparecer. Las fuertes democracias son pacíficas, y su espíritu se impondrá a los autócratas.
El profesor Obnubile, recluido en su laboratorio, donde pasó sesenta años de vida solitaria y estudiosa, se resolvió a observar pacíficamente el alma de los pueblos, y para empezar su análisis por la mayor de las democracias, se embarcó con rumbo a la Nueva Atlántida.
Después de quince días de navegación su barco entró de noche en el puerto de Titamport, donde anclaban millares de navíos. Un puente de hierro tendido a bastante altura sobre las aguas, resplandeciente con infinitas luces, unía dos muelles tan distantes uno de otro que el profesor Obnubile se creyó transportado a los mares de Saturno, y no dudó que aquel puente era el anillo maravilloso que ciñe al planeta del Viejo. Sobre tan inmenso transbordador circulaban más de la cuarta parte de las riquezas del mundo. Y en tierra, el sabio pingüino se instaló en un hotel de cuarenta y ocho pisos, donde servían autómatas, luego tomó el tren que conduce a Gigantópolis, capital de la Nueva Atlántida. Había en aquel tren restaurants, salas de juego, circos atléticos, una oficina de informes comerciales y de cotizaciones mercantiles, una capilla evangélica y la imprenta de un diario que no pudo leer el doctor porque desconocía el idioma de los nuevos atlantes. El tren atravesaba, en las orillas de anchurosos ríos, ciudades manufactureras que oscurecían el cielo con el humo de sus hornos, ciudades negras a la luz del sol, ciudades rojizas en la oscuridad nocturna, siempre clamorosas de día y de noche.
-"Este -reflexionaba el doctor- es un pueblo entregado a la industria y al negocio, por lo cual no se preocupa de la guerra. Estoy seguro de que rige a los nuevos atlantes una política de paz, pues todos los economistas admiten ya como un axioma que la paz exterior y la paz interior son indicios pensables para el progreso del comercio y la industria.”
Mientras recorría Gigantópolis confirmaba esta opinión. Las gentes iban por las calles con tal prisa que derribaban cuanto se oponía a su paso. Obnubile, después de rodar varias veces por el suelo, aprendió a ir con ímpetu, y cuando llevaba ya una hora de carrera, al tropezar con un atlante lo volteó.
En una inmensa plaza pudo admirar el pórtico de un palacio de clásico estilo, cuyas columnas corintias elevaban a sesenta metros sobre el pedestal sus capiteles de acanto arborescente.
Tuvo que detenerse y levantar mucho la cabeza para contemplarlo. Entonces un personaje de aspecto humilde se le acercó y le dijo en idioma pingüino:
-Reconozco en vuestro traje a un ciudadano de Pingüinia. Domino vuestro idioma y soy intérprete jurado. Este palacio es el del Parlamento. Ahora deliberan los diputados. ¿Quiere usted asistir a la sesión?
Acomodado en una tribuna, el doctor miró curiosamente a la muchedumbre de legisladores que se recostaban en butacas de junco y apoyaban los pies en el pupitre.
El presidente se levantó para murmurar, más que pronunciar, entre la indiferencia de todos, las siguientes fórmulas, traducidas por el intérprete al doctor.
-¿Hay oposición?
-La proposición queda aceptada.
"Terminada a satisfacción de los Estados la guerra que sosteníamos para obtener la franquicia de los mercados en la Tercera Zelandia, propongo que se remitan las cuentas de gastos a la Comisión..."
-¿Hay oposición?
-La proposición queda aceptada.
-¿Lo habré oído bien? -preguntó el profesor Obnubile-. ¿Será cierto? Ustedes, un pueblo industrial, ¿sostienen tantas guerras?
-Naturalmente -le respondió el intérprete- Son guerras industriales. Los pueblos que no tienen comercio ni industria no están obligados a sostener guerras, pero un pueblo de negocios exige una política de conquistas. El número de nuestras guerras aumenta de día en día con la producción. En cuanto alguna industria no sabe dónde colocar sus productos, una guerra le abre nuevos mercados. Este año sostuvimos la guerra carbonífera, la guerra del cobre y la guerra del algodón. En la Tercera Zelandia matamos a los dos tercios de sus pobladores, para obligar a los restantes a que nos comprasen paraguas y calcetines.
Un hombre gordo y robusto que se hallaba en el centro de la Asamblea subió a la tribuna.
-Reclamo -dijo- una guerra contra el Gobierno de la República de la Esmeralda, que disputa insolentemente a nuestros cerdos la hegemonía de los jamones y los embutidos sobre todos los mercados del mundo.
-¿Quién es ese legislador? -preguntó el sabio Obnubile.
-Un tratante en cerdos.
-¿No hay oposición? -dijo el presidente-. Pongo la proposición a votación. La guerra contra la República de la Esmeralda fue votada por una gran mayoría. -¡Cómo! -dijo el doctor Obnubile a su intérprete-¿Aquí votan una guerra con tanta rapidez y con tanta indiferencia?
-¡Oh! Es una guerra sin importancia, que sólo costará ocho millones de dólares. -¿Y cuántos hombres?
-Entre todo, gastos y bajas, ocho millones de dólares.
Entonces el doctor Obnubile sumió su cabeza entre las manos y meditó:
"Puesto que la riqueza y la civilización producen tantos motivos de guerra como la pobreza y la barbarie, y puesto que la locura y la maldad de los hombres son incorregibles: se puede realizar una acción meritoria. Un hombre prudente amontonará bastante dinamita para hacer estallar el planeta, y cuando se desparramen sus fragmentos por el espacio se habrá conseguido en el universo una mejora imperceptible, se habrá dado una satisfacción a la conciencia universal, que indudablemente no existe. "



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