Los dioses tienen sed (fragmento)Anatole France

Los dioses tienen sed (fragmento)

"Después de haber abandonado la antigua iglesia de los barnabitas, Evariste Gamelin se dirigió hacia la place Dauphine, ahora llamada plaza de Thionville como recuerdo de una ciudad inexpugnable.
Ubicada en el barrio más concurrido de París, esta plaza había perdido desde hacía casi un siglo su antigua fisonomía: las mansiones a tres caras, en los tiempos de Enrique IV, de ladrillo rojo uniforme encuadrado en hileras de piedra blanca, para uso de magistrados exuberantes, habían cambiado ahora sus dignísimos tejados de pizarra por dos o tres pisos de yeso, o incluso habían sido demolidas para ser sustituidas por miserabilísimas casuchas malamente enjalbegadas. La plaza no ofrecía ahora más que fachadas irregulares, pobres, sucias, agujereadas por ventanas desiguales y estrechas, numerosas, que sólo animaban unas cuantas macetas y algunas jaulas junto a ropa blanca que se secaba. Allí vivía una multitud de artesanos, joyeros, cinceladores, relojeros, impresores, tintoreras, modistas, y algunos pocos hombres de leyes que no habían perecido en la tormenta que barrió a la justicia monárquica.
Era por la mañana y por primavera. Unos tempraneros rayos de sol, embriagadores como vino dulce, trepaban sonrientes por las paredes y se colaban alegremente por las buhardillas. Las claraboyas de las ventanas a guillotina estaban todas levantadas y dejaban ver, por debajo, las cabezas despeinadas de las amas de casa. El escribiente del Tribunal revolucionario, que había salido de casa para ir a su trabajo, acariciaba de paso las mejillas de los niños que estaban jugando debajo de los árboles.
Evariste Gamelin ocupaba, en el muelle de l´Horloge, una casa que databa de la época de Enrique IV y podría aún tener su encanto, de no haber sido por un pequeño granero recubierto de tejas que le habían adosado bajo el penúltimo tirano. Para amoldar la morada de algún viejo parlamentario al gusto de las familias burguesas y artesanas que vivían allí, se habían multiplicado los tabiques y los sobradillos. Razón por la cual, al ciudadano Remacle, conserje-sastre, que se albergaba en un entresuelo de escasa altura y reducido tamaño, se le podía ver por la puerta de cristales con las piernas cruzadas delante de su mesa de trabajo, dando con la nuca en el techo, mientras la escalera atufaba al vecindario con el humo de sus guisos al mismo tiempo que la pequeña Joséphine, su hija, con la cara sucia y manchada, jugaba en el quicio de la puerta con Mouton, el perro del carpintero. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com