La hora del barquero (fragmento)Víctor Chamorro

La hora del barquero (fragmento)

"Lió el malformado cigarrillo calculando que la “china” prometía cuatro pellizcos, como cagaditas de gusano de seda, y le satisfizo comprobar que para las cuatro raciones guardaba otros tantos papelillos. Aquel humo calmaría el estómago y los temblores de unas manos lívidas por una circulación mezquina. Estiró el cuerpo y escuchó quejidos de cartílagos. Rozó con la lengua las burbujas y costras del labio superior.
Lejanas colinas, que evocaba con un fuego cobrizo, emergían aquella mañana de una bruma sucia. La estatua, bañada en la luz de una cercana farola, dibujó en el suelo una sombra oblonga, disolviéndose en la dubitativa claridad. Ayudado por una memoria ahora menos indecisa, Jesús recordó una fachada de obra vista y reconstruyó haber salido de casa una madrugada de neblina que atenuaba los colores, difuminaba los góticos contornos de la catedral y del mastodonte edificio sanitario alzado sobre la soledad de un cerro. Recordó un acopio de energías para abandonar el lecho y encarar, entre luces, el paseo fluvial de un río letrina que circundaba a la urbe en su humoso desperezo. Llegó a la arteria con edificios de piedra, cines de fachadas románticas, confortables cafeterías y tráfago. Raseó la mirada inmerso en el marsupio de un sol viejo que asomaba por desgarraduras de nimbos. Cuando alzó la cabeza se cercioró de que había llegado al término Este de la ciudad, allí donde un acancerado de uralitas, latas, cartonajes y techos de zinc se mimetizaba con un paisaje de vertederos; ciudad de espectros que rodaban, mataban o, a instancias del miedo, resignaban su odio a una policía inhumana. Entre la sucesión de chabolas y casas prefabricadas aparcaban sus coches los propietarios de un circo infernal -caballo, camello y mono- instalado donde la ciudad supuraba. Fue entonces cuando recordó que había salido de casa en busca de un rostro de frente pálida y pelo recortado; de un cuerpo vestido con jersey grueso que mataba las formas, y unos vaqueros que blanqueaban por las rodillas y los glúteos. Aunque tal vez -pensó-, llevara un elegante traje de chaqueta, tacones de aguja, gafitas redondas de estricta montura, afelpadas pestañas postizas, peluca rubia lisa y estela de perfume francés, pues fue así como encontró a Flora consultando novedades en una librería. “¿Eres tú?”, inquirió él con un asombro que ella enfrió con dos pupilas de hielo antes de darse la vuelta. Jesús Maera repasó un billetito, recordatorio redactado cuando le poseyó uno de sus intermitentes latidos de memoria: “pelo corto, nariz levemente respingona, generoso pecho, ojos verdosos y dientes blancos". "



El Poder de la Palabra
epdlp.com