La calle Fontanills (fragmento)Juan Antonio Masoliver Ródenas

La calle Fontanills (fragmento)

"Desde la carretera sólo podíamos ver la frondosidad y el colorido. A veces se asomaba al balcón un San Bernardo de ojos tristes, al que no oímos ladrar nunca. Lo único que sabía el jardinero era que los Jones eran ingleses, que el señor, no, no podía decir si era el padre o el abuelo, tampoco si la mujer joven era su esposa o su ama de llaves, casi no hablaba español, aunque sí para decirle qué tenía que ha¬cer en el jardín. Sabía que a pesar de que tenía una fábrica de tejidos, había publicado varios libros de jardinería. Tenía también una empresa de pompas fúnebres. No, no sabía cómo se llamaban los hermanos. Desde luego, a los niños no les había visto nunca jugar en el jardín. Mamá decía que en las revistas salía muchas veces la familia real ingle¬sa, que tenía unos hijos preciosos, unos verdaderos principitos de cuento de hadas, pero que nunca salían en las fotos jugando en los jardines del palacio. Como los niños de la nave de los locos, no jugaban nunca. Pero los príncipes eran rubios, con bucles y la tez muy sonrosada, e iban siempre muy bien vestidos, y seguro que dentro del palacio tenían sus jardines para jugar y para que corretease el perro de la reina.
En verano nuestros padres nos dejaban jugar en el descampado hasta muy tarde, porque ellos se reunían en la te¬rraza del casino. Una noche oímos unos gritos desgarra¬dores y a continuación vimos cómo se apagaban las luces de la casa. Esos gritos se sucedieron varias noches seguidas. Unos gritos que al final se convertían en verdaderos alaridos, hasta que regresaba el silencio. Dejaron de abrir¬se las ventanas. Dejó de salir humo de la chimenea. El jardinero dejó de ir a cuidar el jardín. Las plantas empezaron a marchitarse.
Un día vimos que el señor Jones salía al jardín con un saco en la espalda, que cargaba con gran dificultad. Se perdió en el bosque. Nos quedamos al acecho. Poco después volvió para cargar otro saco.
Luego salió a ayudarle la mujer joven.
En total sacaron ocho sacos. Fuimos corriendo a las Escolapias. Tuvimos que llamar varias veces, muy fuerte, porque al hacerse oscuro las monjas se encerraban en sus celdas, en el último piso. Bajó la madre Milagros. Le explicamos como pudimos que habíamos visto al señor inglés cargando unos sacos chorreando sangre, estaba llevando a sus hijos muer¬tos al bosque. Lo de la sangre yo no lo había visto. Lo dijo Colmenares, que lo sabía todo y si no lo sabía se lo inventaba. La madre Milagros era sorda y además no entendía nada de lo poco que podía oír. "



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