El vuelo del hipogrifo (fragmento)Elia Barceló

El vuelo del hipogrifo (fragmento)

"Había murmurado algo de llamarla al día siguiente, se había vuelto a la cama y se habría olvidado de todo de no ser porque, justo antes de que la despertaran los timbrazos del teléfono, había soñado algo tan vívido y curioso que la había llevado a hacer la maleta nada más abrir los ojos por la mañana. En su sueño ella iba en un tren con su abuelo y, aunque sabía perfectamente que estaba muerto, de algún modo era muy natural irse juntos de vacaciones a Roma. El abuelo Manuel estaba de buen humor, como casi siempre, pero esta vez parecía especialmente contento, como si hubiera conseguido por fin algo mucho tiempo deseado. Entraba el sol por las ventanillas y las fachadas ocres y rosadas de las casas de campo brillaban como recién lavadas. Se sentía bien, descansada, alegre, feliz de poder estar de nuevo con el abuelo después de tantos años. Se veía el mar por todas partes, como si el tren corriera por un puente en dirección a una isla, como si estuvieran llegando a Venecia. Entonces él le hacía señas desde la puerta del vagón, ella se acercaba y, detrás de la puerta había una habitación: el salón de una casa señorial que ella, en el sueño, reconocía. Él se quedaba en el umbral y, con una sonrisa, la animaba a avanzar por la casa y a abrir las puertas que daban a otros cuartos igual de hermosos que el primero y que ella iba reconociendo con un escalofrío de alegría, como si hubiera conseguido recuperar algo perdido desde su infancia.
Sin garantías, decía la voz de Marianna. Si quieres venir, lo que haya es tuyo, pero sin garantías. Y el abuelo sonreía y la animaba en silencio con el gesto de la mano, como cuando de pequeña dudaba sobre si tirarse del tobogán más alto del parque. Si quieres venir...
Y ella había ido, claro. Era una locura gastarse lo que costaba el billete de tren para echar una mirada a aquellos papeles, pero había ido. El abuelo se lo había aconsejado en su sueño.
En el peor de los casos, eran unos cuantos días en Roma, viviendo en el piso de Pia y de Marianna, bañándose en la luz dorada de la ciudad eterna, llenándose los ojos con los ocres de sus fachadas decrépitas. Y podía haber algo. Le hacía una falta enorme que lo hubiera, porque se le estaba acabando la financiación del último proyecto y no había nada en perspectiva. Por no haber, ni siquiera había nadie a quien recurrir si todo fallaba. Sus padres habían muerto hacía años en un accidente de tráfico, su único hermano, medio hermano realmente, estaba casado con una niña bien de la mejor sociedad vienesa y desde hacía un tiempo parecía empeñado en hacer carrera en la política local, Alec había desaparecido de su vida igual que había llegado, de un día para otro, sin explicaciones, sin peleas. Una mañana se había levantado para ir a la biblioteca y de su repisa del baño había desaparecido la mitad derecha: sólo quedaba una superficie blanca y lisa, increíblemente larga, donde hasta ese momento habían estado sus cosas de afeitar, su colonia y su hilo dental. Pegado a la puerta de la nevera, un papel amarillo informaba sucintamente: «Lo siento. Esta no es la vida que yo quería. Ya te llamaré». De eso hacía catorce meses y en ese tiempo sólo había recibido una postal de Buenos Aires: «Estaba seguro de que la vida podía ser así». Veinte años dedicada a la literatura y nunca había leído nada más cruel.
Desde entonces, nada: proyectos que no acababan de cuajar, promesas inconcretas, hombres que se esfumaban antes de llegar a ser una posibilidad.
Cuando oyó el carraspeo de Marianna, se sorprendió a sí misma agarrada al visillo polvoriento de una de las ventanas, mirando sin ver las imponentes frondas de Villa Albani. "



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