Memorias de mi vida (fragmento)Edward Gibbon

Memorias de mi vida (fragmento)

"Tan lejos como alcanza mi memoria, la casa, situada cerca del puente y el cementerio de Putney, de mi abuelo materno se revistió con la propia luz de mi hogar ntal. Fue allí donde pasé la mayor parte de mi tiempo, en los instantes de salud o de precariedad, durante las vacaciones escolares y la residencia de mis padres en Londres y, finalmente, después de la muerte de mi madre. Tres meses después de la cual, en la primavera de 1748, la ruina comercial de mi padre, el Sr. James Porten, fue declarada. Se dio a la fuga de repente; pero como no pudo vender sus efectos personales, ni evacuar la casa, hasta la siguiente navidad disfruté durante todo el año de la compañía de mi tía, sin ser muy consciente de mi destino inmimente. Siento un placer melancólico al reiterar las obligaciones que contraje con esta excelente mujer, la Sra. Catherine Porten, la verdadera madre de mi mente y mi salud. Su buen sentido natural había sido mejorado por la lectura de los mejores libros en lengua inglesa, y si la razón a veces era oscurecida por ciertos prejuicios, sus sentimientos no estaban para nada disfrazados por la hipocresía o la afectación. Su indulgente ternura, la franqueza de su carácter y el aumento de mi curiosidad innata contribuyeron a eliminar pronto cualquier atisbo de distanciamiento entre nosotros: como amigos de la misma edad conversábamos sobre todos los temas, familiares o ajenos, y pudo ella sentir el placer de contemplar los primeros brotes de mis jóvenes ideas. Los instantes de dolor y languidez eran a menudo apaciguados por la voz de la instrucción y la diversión, y no puedo por menos de atribuirle mi temprano amor por la lectura, que no cambiaría siquiera por los mayores tesoros de la India. Quizás debería asombrarme por ser imposible determinar la fecha en la que un cuento favorito era grabado, a base de la constante repetición, en mi memoria: La gruta de los vientos, El palacio de la felicidad, y el instante trágico, cuando tras tres meses o siglos, el príncipe Adolphus es superado por el tiempo que había dispuesto un par de alas en su persecución. Antes de dejar la escuela de Kingston, estaba ya muy familiarizado con El Homero de Alexander Pope y Las mil y una noches, dos libros entretenidos que siempre dibujaban el movimiento de las costumbres humanas y los milagros engañosos: ni yo mismo era entonces capaz de discernir que la traducción de Pope era un retrato dotado de todos los méritos, a excepción de la semejanza con el original. Los versos de Pope acostumbraron mi oído al sonido armónico de la poesía: la muerte de Héctor y el naufragio de Ulises, revistieron mis días de terroríficas y piadosas emociones, llegando a disputar en serio con mi tía sobre los vicios y virtudes de los héroes de la guerra de Troya. La transición desde el Homero de Pope al Virgilio de Dryden fue fácil, pero no sé cómo, quizás por algún fallo del autor, traductor, o de mí mismo como lector, el piadoso Eneas no se apoderó de mi imaginación y sentía más dicha con la Metamorfosis de Ovidio, especialmente en lo referente a la caída de Faetón, y los discursos de Ájax y Ulises. La biblioteca de mi abuelo era considerable y me permitió hojear muchas páginas en inglés sobre poesía, romance, historias y viajes. Cuando un título atraía mi atención, sin miedo ni temor alguno, arrebataba con decisión el volumen de la estantería y la Sra. Porten, entregada a especulaciones morales y religiosas, era más propensa a estimular este curioso hábito infantil. Ese año, 1748, el duodécimo de mi vida, lo señalaré como el más propicio para el alzamiento de mi vida intelectual. "


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