Mani (fragmento)Patrick Leigh Fermor

Mani (fragmento)

"Fue un extraordinario retazo de información. Nunca había oído hablar de judíos en el Peloponeso. Hasta donde yo sabía, los únicos judíos en Grecia eran los sefardíes del norte—en Salónica y algunas poblaciones de tierra firme, entre ellas, Ioánina, Naoussa, Preveza y Arta, así como en una que otra de las islas—, que hablaban ladino y el español del siglo XV. Su historia es bien conocida. Expulsados de España por Fernando e Isabel, el sultán les ofreció hospitalidad en las zonas de Constantinopla y de Salónica, tal como lo hicieron los Medici, que les permitieron arraigar y multiplicarse en Grosseto y Livorno. No hay sentimientos antisemitas entre los helenos: a los comerciantes griegos les complace pensar que son capaces de burlar a cualquier judío, o, y no en último lugar, a cualquier armenio. En las obras del Karaghiozis, el teatro de sombras, las marionetas que representan a los judíos son figuras amablemente absurdas, llamadas Jacobo y Moisés, que, con sus caftanes y sus barbas puntiagudas, cómicamente, exponen sus quejas el uno al otro en un griego chapurreado, punteado con chillidos nasales. Sus números han sido cruelmente reducidos por la ocupación alemana.
Pregunté si los pobladores de Anavrito hablaban español.
El reflejo de un sacerdote se echó hacia delante, chasqueando la lengua en señal de negación: era el hombre más melenudo que jamás haya visto. («¿Qué estará haciendo aquí?», pensé. Los clérigos ortodoxos tienen prohibido afeitarse y cortarse el pelo). Como a través de un agujero practicado en un negro almiar, dos ojos oscuros miraban detenidamente hacia el espejo. —No—dijo—, hablan griego, como el resto de nosotros.
Cuando san Nicón el Penitente, el apóstol de los laconios, convirtió a nuestros ancestros al cristianismo, esta gente habitaba la llanura. Buscaron refugio en lo alto de los peñascos, como las cabras, y han vivido allí desde entonces. Van a la iglesia, reciben los sacramentos. Son buenas personas, pero, sin lugar a dudas, son judíos.
—Por supuesto que lo son—repitió el viejo árcade.
Ya rasurado y con el pelo cortado, así como despojado de los restos de cabello merced a un cepillo, me preparé para marcharme. El anciano se asomó por la ventana hacia la tórrida Esparta, y, agitando su cayado, con la boca bien abierta, enseñando unas encías equipadas con un solitario colmillo ceniciento, gritó: una repetición de su advertencia de que nos desollarían vivos.
El hombre que nos guiaba hacia los mosaicos—la única antigüedad que sobrevive en el interior de la moderna ciudad de Esparta; grecorromana, por añadidura—tenía la misma historia para contar. Se trataba de gente extraña; judíos… Descendimos con él unos peldaños por debajo de una techumbre improvisada. Con un giro de su muñeca, vació una jarra sobre la indefinida imagen gris del polvoriento suelo. El agua cayó en una enorme estrella negra, y, a medida que se expandía hacia los márgenes, las formas adquirían definición, los colores revivían y afloraban deleitosas escenas. Orfeo, con un gorro frigio, tañía su lira en el centro de un embelesado grupo de animales selváticos: conejos, leones, leopardos, ciervos, serpientes y tortugas. Aquiles, afeminado y delicado, como un Antínoo, emergía a la superficie en medio de las mujeres de Esciros. Al lado, otra salpicadura esparció aún más lejos los encantamientos: Europa—adorable, como una obra de Canova, con hombros cual una botella de champán y con un talle de avispa, los muslos gruesos, las piernas largas, merecedora del epíteto de Calipigia—, sentada a mujeriegas a lomos de un magnífico toro que hacía frente a la espuma y pasaba a su través, en dirección a Creta. "



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