Guerra y guerra (fragmento)László Krasznahorkai

Guerra y guerra (fragmento)

"Olía a alquitrán; el asqueroso, penetrante y contundente olor a alquitrán se extendía por doquier, y no lo remediaba ni siquiera el fuerte viento, porque éste, que los calaba, por cierto, hasta los huesos, sólo levantaba y remolineaba el olor, pero no conseguía sustituirlo por otro; de manera que en toda la zona, en un tramo de kilómetros y kilómetros, pero en particular allí, entre aquellos raíles que entraban desde el este y se desplegaban luego como un abanico y la estación de Rákosrendezo que se vislumbraba a sus espaldas, la atmósfera consistía en eso, en olor a alquitrán, y difícilmente podía precisarse qué contenía, además, este hedor, si humo y hollín acumulados, si la fetidez de los cientos y cientos de miles de convoyes que pasaban traqueteando, de las traviesas, del balasto y del acero de las vías, aunque no cabía la menor duda de que incluía otros elementos ocultos, que sólo podían mentarse mediante circunloquios o que eran directamente innombrables, tales como la ingente carga de la futilidad humana que una voluntad vomitiva—la cual adoptaba millones de caras y, vista desde la altura del puente, se plasmaba en una aterradora inutilidad—traía en cientos y cientos de miles de convoyes; y el aire era alimentado también, sin duda, por el espíritu de lo desértico, de lo abandonado, del fantasmagórico letargo febril que se había aposentado durante décadas sobre aquel paisaje, donde Korin trataba ahora de situarse, él, que en su huida sólo quiso, en principio, pasar al otro lado, con rapidez, sin ruido y sin llamar la atención, a fin de proseguir su camino hacia el hipotético centro de la ciudad y que ahora se veía obligado, por así decirlo, a asentarse en ese gélido y ventoso punto del mundo, forzado a agarrarse—barandilla, bordillo, asfalto, metal—de detalles que parecían importantes desde la altura de los ojos, pero que eran, por supuesto, todos casuales, de tal modo que un puente que cruzaba por encima de las vías del tren a unos cien metros de la estación de mercancías de Rákosrendezo dejó de ser un segmento inexistente en el mundo para transformarse en un segmento existente, se convirtió en uno de los episodios iniciales más significativos de su nueva vida o, como él mismo lo formuló luego, de su amok, un puente por el que, si no lo hubieran detenido allí, habría pasado ciegamente. "


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