El mono azul (fragmento)Aquilino Duque

El mono azul (fragmento)

"No había más armas que escopetas de caza. Al caer la noche se veía arder la sierra desde los baluartes del pueblo. Tiros se oían pocos; en todo caso el teatro de operaciones caía demasiado lejos. Sin embargo, una noche la columna regresó al pueblo con una baja: un albañil apodado Canovitas. Parece ser que Canovitas iba a la cabeza de una patrulla y, al apartar unas jaras, recibió en el pecho un tiro a bocajarro. Detrás del tiro saltó un fugitivo armado sobre el caído. Los otros tres que venían detrás de Canovitas, al sentir el disparo, ver caer a su compañero y saltar sobre él a aquel hombre barbudo de gorra de hule con la escopeta en alto y el zurrón en bandolera, tiraron las escopetas y, zambulléndose de cabeza en los jaguarzos, le abrieron calle al fugitivo, que se perdió en el monte. En la posición recién abandonada había restos de candela, unos papeles de periódico y tres o cuatro latas de conservas. A Canovitas lo cargaron en una muía y emprendieron la retirada. Al día siguiente el cadáver fue expuesto en su caja sobre unas parihuelas frente a la iglesia mayor; se le dijo una misa; el boticario, exaltado a alcalde y jefe local con uniforme negro y flechas bordadas, pronunció un violento discurso que molestó a algunos propietarios, y todo el pueblo, hombres, mujeres, niños y niñas, desfiló ante el muerto con el brazo en alto y la cabeza baja.
El disparo que mató a Canovitas fue el único que se hizo en la breve campaña. El comandante de puesto, un cabo de la Guardia Civil llamado Novoa, que nunca fue a las batidas para no dejar al pueblo desguarnecido, hizo detener a unas veinte mujeres que, al amparo de la noche, llevaban víveres a los fugitivos. Esta operación fue en realidad superflua, pues los fugitivos, asustados de haber matado a Canovitas, habían levantado el campo, uniéndose unos a otras partidas y otros, los más afortunados, alcanzando las líneas de sus partidarios. Quedó, pues, limpia la serranía, pero Novoa, después de un par de batidas de puro trámite en las que ya intervino personalmente y en las que no hubo ocasión de hacer ni un solo disparo, mandó a las veinte mujeres a la cárcel de la cabeza del partido judicial, en cuyo patio fueron pasadas por las armas.
Ignacio llegó al pueblo con los refuerzos que exigían la proximidad del frente y la preparación de la ofensiva. El pueblo estaba encaramado en un peñón y separado de la sierra por un hondo valle; desde el castillo en ruinas se dominaba la ancha vega que se extendía hasta el mar. La batería que mandaba Ignacio fue emplazada entre las tapias acribilladas del cementerio y los murallones de la iglesia quemada. La guarnición era reducida, pues la plaza era una fortaleza natural fácil de defender. El flanco más peligroso, que era el de la sierra, estaba ya asegurado; sólo cabía esperar ataques desde la costa, en el supuesto problemático de que el enemigo, que más o menos dominaba el mar, se rehiciera y pasara a la ofensiva. La zona de nadie llegaba hasta Estepona; eran rastrojeras deslindadas por largos caminos que aquí y allá se encallejonaban entre cercas de pedruscos. La vastedad del llano se interrumpía a veces en una casucha quemada y solitaria, en un pilar tendido a la sombra de un chopo, en las adelfas de un cauce seco. En lo alto se cruzaba naves bellas y hediondas: gaviotas de la mar, abubillas de la sierra. Una tregua tácita cubría el terreno y paralizaba el paso del tiempo hasta que una mañana apareció en la línea del mar un barco de guerra, gris y pesado, con gruesas torres, que se puso a bombardear la costa sin dejar de navegar. "



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