Señor y perro (fragmento)Thomas Mann

Señor y perro (fragmento)

"Todo ser viviente impone una especie de respeto, sin embargo, demasiado fuerte para que ni siquiera la presencia de un perro pueda dejar de estorbarnos cuando nos interesa estar solos; y en tales ocasiones Bauschan me estorbaba de modo palpable. Se acercaba a mi silla, meneaba la cola y, dirigiéndome miradas ávidas, comenzaba a patalear provocativamente. El más mínimo movimiento acogedor de mi parte traía como consecuencia el que, incorporándose sobre las patas traseras, pusiese las delanteras sobre el brazo de la butaca, se apretaba luego contra mi pecho, provocase mi risa con sus aéreos besos y pasase finalmente a la exploración de la tabla de la mesa, seguramente con la esperanza de encontrar en ella algo comestible, ya que yo me inclinaba tan insistentemente encima; y con su ancha y peluda pata de cazador me borroneaba lo escrito. Al mandarle con voz enérgica que se echase, obedecía y no tardaba en dormirse. Pero no bien se había dormido empezaba a soñar. Se le veía entonces efectuar movimientos de carrera con las cuatro patas alargadas, a la par que dejaba percibir un ladrido ventrílocuo y como procedente de otro mundo. No es de maravillar que aquello me agitara y distrajera, pues, en primer lugar, resultaba lúgubre y, en segundo, me pesaba sobre la conciencia. Aquella vida en sueños era con toda evidencia un sustitutivo artificial del correr y cazar de verdad a que su naturaleza le llamaba, porque el placer del movimiento al aire libre no guardaba, en su existencia a mi lado, las proporciones que requerían su sangre y sus sentidos. Esto me afectaba, pero, como no tenía remedio, intereses superiores me hacían sacudir aquellas preocupaciones, si bien me resignaba, a modo de compensación, a que, cuando hacía mal tiempo, me llenase de barro la habitación y me rompiese las alfombras con las zarpas, por añadidura.
Así, le fue prohibida en principio la estancia en las habitaciones y la permanencia a mi lado mientras yo me hallara en la casa, aunque con ciertas excepciones. El animal comprendió muy pronto la naturaleza de la prohibición y se sometió a aquella ley contranatural, ya que era voluntad inescrutable del dueño y señor de la hacienda. La separación de mí, que, principalmente en invierno se lleva la mayor parte del día, no es más que un alejamiento, pero en modo alguno una verdadera separación y ruptura de relaciones. No está a mi lado por orden mía, pero es precisamente el cumplimiento de un mandato, la negación de una aproximación, y no puede hablarse de una vida independiente que Bauschan lleve ausente de mí durante esas horas. Bien veo, a través de la puerta vidriera de mi cuarto, cómo participa en los juegos de los niños en el pequeño prado de delante de la casa, con una pose bonachona y torpemente bufona; pero a intervalos sube una y otra vez hasta la puerta, y no pudiendo verme porque se lo impiden los cortinajes de tul, empieza a husmear por el resquicio para asegurarse de mi presencia, para luego sentarse en la escalera, vuelta la espalda a la habitación y en actitud vigilante. Como lo veo también desde mi mesa deambulando por el camino alto, entre los viejos álamos, errante y pensativo. Pero estos paseos no son sino un modo de matar el tiempo, sin orgullo, placer ni vida, y no cabe pensar ni remotamente que Bauschan pueda entregarse por propia iniciativa a los goces soberanos de la caza, a pesar de que nadie se lo impediría y de que mi presencia no es absolutamente necesaria para ello, según se verá más adelante.
Su vida empieza cuando yo salgo, ¡ay!, con frecuencia ni entonces empieza aún. Pues, al abandonar yo la casa, se pregunta si tomaré hacia la derecha, alameda abajo, hacia donde se va al campo libre y a la soledad de nuestras tierras de cacería o hacia la izquierda, rumbo a la estación del tranvía, para dirigirme a la ciudad, y únicamente en el primer caso el acompañarme tiene sentido para Bauschan. Al principio se venía conmigo aun cuando optase yo por el mundo, consideraba con sorpresa el vehículo que avanzaba con estrépito y me seguía, reprimiendo violentamente su pavor, subiéndose a la plataforma de un brinco, con fiel y ciega confianza entre los pasajeros. Pero una tempestad de general indignación le echaba de nuevo abajo y entonces se decidía a emprender un galope al lado del estruendoso carruaje, tan poco semejante a aquel carrito entre cuyas ruedas trotara él en pasados tiempos. Mantenía animosamente la carrera mientras ésta duraba y difícilmente le habrían fallado los pulmones. Pero a aquel hijo del campo le desconcertaba el tráfico ciudadano; se metía entre las piernas de las personas, perros desconocidos le acosaban y acometían, un tumulto de raros olores como él nunca sintiera, le irritaba y descomponía los sentidos. "



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