La vida singular de Albert Nobbs (fragmento)George Moore

La vida singular de Albert Nobbs (fragmento)

"De estos carros de carbón tiraban buenos caballos que apretaban el paso igual de bien que los de nuestro carro. Te estoy contando estas cosas por el placer de recordarlas, nada más. Puedo ver la sala de estar y a mí mismo con la misma claridad que veo las montañas que hay más allá, y hasta mejor que eso; y puedo ver al camarero que solía atendernos, aunque no tan bien como te veo a ti, Alec, pero a él lo conozco más, no sé si me entiendes; y aún hoy recuerdo los tremendos sustos que me daba cuando se me acercaba por la espalda y me sacaba de mi ensoñación sobre la vida del carbonero; he olvidado lo que me decía, pero su voz de pito retumba aún en mis oídos. Siempre parecía estar riéndose de mí, enseñando sus dientes largos y amarillos, y yo tenía miedo a abrir la puerta de la sala de estar porque estaba seguro de que lo encontraría allí esperando en el rellano, con su servilleta echada en el hombro derecho. Creo que tenía miedo de que me cogiera y me besara. Como toda mi historia gira en torno a él, quizá debería describirlo de forma más completa, y para hacerlo te diré que era un tipo alto y flaco con anchas y sobresalientes caderas, y un cuello alargado y fino. Su cuello me asustaba tanto como el resto de su cuerpo, a no ser que fuera su nariz, que era muy grandota, o que sus ojos melancólicos, que eran azul claro y muy pequeños, y que tenía hundidos muy adentro en la cabeza. Era mayor, pero no puedo decir cuánto, porque a los niños todo el mundo les parece mayor excepto los niños. Era el ser más feo que el que hubiera podido ver nunca en un libro de hadas, y yo suplicaba que no me dejasen solo en la sala de estar; y estoy seguro de que a menudo le pedía a mi padre y a mi madre que escogieran otras habitaciones, lo que nunca hacían, porque a ellos les caía bien Albert Nobbs; a los huéspedes les gustaba él y a la propietaria le caía bien, cosa que se entendía perfectamente, pues era el empleado más de fiar del hotel: nada de ir a las tabernas ni volver oliendo a whisky o a tabaco, o llevar una pipa hedionda en el bolsillo ni tontear en absoluto con las criadas. Nadie comentó nunca haber visto a Albert saliendo con una de ellas. Era como un duende extraño, con el que no les hubiera gustado que las viesen, pero al mismo tiempo les parecía divertido que nunca le hubiera propuesto salir a ninguna de ellas. El portero decía que costaba entender que un hombre viviese sin permitirse placeres fuera del trabajo. Nunca pedía vacaciones, y cuando la señora Baker le insistía para que fuese a tomar unos baños de mar durante una semana, él intentaba inventarse una excusa para no marchar, preguntando si no era cierto que los Blake, los Joyce o los Ruttledge iban a venir a la ciudad, y añadiendo que no le gustaría estar fuera, porque ellos estaban acostumbrados a él y él a ellos. Su vida era extraña y misteriosa, aunque siempre estuviera a la vista de ellos salvo las horas en que dormía. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com