Cegador (fragmento)Mircea Cartarescu

Cegador (fragmento)

"Estaba detrás del edificio, entre montones de cajas rotas, y tenía delante la puerta de hierro pintada de blanco donde a veces vendían queso de oveja. Pero ahora no era una sola puerta, como en la realidad, sino una docena, alineadas a lo largo de todo el edificio, y entre ellas, las ventanas fuertemente iluminadas de los cuartos del entresuelo. A través del cristal veía en cada uno una cama muy extraña, de patas altísimas, y en las camas dormían muchachas muy jóvenes, con el pelo suelto sobre la almohada, con los pechitos desnudos. En uno de mis sueños abría la puerta que tenía más cerca y bajaba una escalera de caracol que me conducía a las profundidades de una alcoba, iluminada con luz eléctrica, en la que me esperaba una de estas muchachas-muñeca rizosas y dóciles. Era ya un hombre cuando tuve este sueño, y, sin embargo, no conseguí poseer a Silvia, toda la excitación se me difuminó en una jungla enmarañada y pastosa de palabras y de gestos. Salí tomándola de la mano para cruzar la calle nevada y observé su cabello azul a la luz de los anuncios de la farmacia y del restaurante «Horia». Luego esperamos el tranvía juntos, bajo la nieve que borraba los rasgos de nuestras caras, y llegó el tranvía, que no tenía carcasa, quedaba sólo el chasis y algunos asientos de madera, y Silvia subió y se perdió en una zona de la ciudad que he vuelto a encontrar más tarde, en otros sueños. Detrás de esta primera hilera de edificios se veían otros, cubiertos de estrellas. Había un chalet macizo con las tejas rojas, había también una casa de color rosa parecida a un pequeño castillo, había construcciones bajas del período de entreguerras en las que se enredaba la hiedra, de ventanas redondas y cristales rectangulares con adornos modernistas en el hueco de la escalera, rematadas por atalayas grotescas. Todas ellas perdidas entre el follaje, ahora negro, de los álamos y los ojaranzos, que barrían el cielo profundo, cada vez más oscuro hacia las estrellas. En las ventanas iluminadas se desplegaba continuamente una vida de la que recogía algunos pedazos sueltos: una mujer planchando la ropa, un hombre con una camisa blanca dando vueltas por la habitación en el tercero, dos mujeres sentadas en sillones discutiendo sin parar. Solamente tres o cuatro ventanas tenían algún interés. En noches de fiebre erótica me quedaba junto a los cristales, a oscuras, hasta que se apagaban todas las luces y no podía ya verse nada, esperando apresar aquellas escenas, aquel desnudarse de senos, y nalgas y triángulos púbicos, aquellos hombres derribando a las mujeres encima de la cama o arrastrándolas hasta la ventana, donde las poseían por detrás. A menudo se corrían cortinas o se bajaban persianas, y yo me dejaba los ojos tratando de interpretar los movimientos abstractos y fragmentarios que fulguraban en la línea de luz que no quedaba cubierta, y veía por todas partes muslos y caderas, hasta que me mareaba y mojaba vergonzosamente el pijama. Sólo entonces me acostaba, para soñar que penetraba en aquellas habitaciones extrañas y participaba en las complicadas maniobras eróticas de sus profundidades. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com