El barco de la muerte (fragmento)Bruno Traven

El barco de la muerte (fragmento)

"Hace mucho que el romanticismo de las historias de marineros ha quedado atrás. Por otra parte, en mi opinión, este romanticismo jamás existió ni en los veleros ni en el mar. Era un sentimiento que se encontraba únicamente en la fantasía del escritor que creaba esas historias. Esos engañosos relatos atrajeron a más de un joven cabal y bien dispuesto a una vida y a un ambiente donde habría de hundirse sin remedio tanto en el plano físico como en el espiritual, porque el único bagaje que traía consigo era su fe infantil en la honestidad y en el respeto a la verdad de esos escritores. Es posible que los capitanes y los timoneles vivieran en algún momento ese romanticismo, pero para la tripulación no existió jamás. El único romanticismo que la tripulación conocía era un trabajo duro, inhumano, y un trato brutal, siempre lo mismo. Los capitanes y los timoneles aparecen en óperas, novelas y baladas. Jamás se ha cantado un himno de alabanza al héroe que hace el trabajo; aunque, si se hubiese escrito, habría resultado demasiado crudo para despertar el entusiasmo de aquellos que lo cantaran. Yes, sir.
Pues bien, ése era yo, un simple trabajador de cubierta, nada más. Tenía que hacer cualquier trabajo que surgiera.
Si he de ser totalmente sincero, no era más que un pintor de brocha gorda. La máquina funciona sola y como los trabajadores tienen que estar ocupados en algo y nunca hay nada que hacer, salvo en casos excepcionales, cuando no hay que limpiar las bodegas o reparar algo, nos pasamos el tiempo dándole a la brocha. Desde la mañana hasta la noche, nunca se acaba: siempre hay algo que pintar. Es verdaderamente asombroso y llega un día en que uno se queda pensando que lo único que hace en la vida es pintar; entonces, en un instante de plena lucidez, llega al convencimiento de que el resto de la humanidad, que no sale al mar, se dedica exclusivamente a fabricar pintura, y siente una profunda gratitud hacia esas personas, ya que, si en algún momento se negaran a seguir fabricando pintura, el trabajador de cubierta no sabría a qué dedicarse y el oficial bajo cuya autoridad se encuentra se quedaría perplejo, porque no sabría en qué ocupar las manos de sus hombres. No van a cobrar un sueldo por nada. No, sir.
El salario no era precisamente alto. No se puede decir que lo fuera. Si me pasara veinticinco años sin gastar ni un solo centavo y fuese guardando escrupulosamente, una tras otra, todas las pagas, contando con que en todo ese tiempo nunca me faltara el trabajo, entonces, transcurridos esos veinticinco años de trabajo infatigable y de ahorro, no podría jubilarme, eso es verdad, pero ya sólo me faltarían otros tantos años más para poder proclamar con cierto orgullo que pertenezco al estrato más bajo de la clase media, a ese estrato que puede decir: «¡Alabado sea Dios! Menos mal que he podido ir guardando un poquito de dinero para usarlo en caso de necesidad, cuando vengan malos tiempos». Y como esta capa de la población, ¡bendita sea!, es la que sostiene al Estado sobre sus cimientos, entonces podría considerarme un miembro valioso de la sociedad. ¡Poder alcanzar esta meta bien vale cincuenta años de trabajo y de ahorro! Así es como uno se gana el Cielo y deja lo suficiente para que otros disfruten de la Tierra. "



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