Rescate (fragmento)David Malouf

Rescate (fragmento)

"En algún lugar en las profundidades del sueño, su espíritu había cruzado para no volver, o quizá lo hubieran raptado y transformado. Al inclinarse y elegir una piedra para su honda, la primera adquirió un nuevo peso en su mano; la segunda, una tensión distinta. Era hijo de su padre, era mortal. Había entrado en el arduo mundo de los hombres, donde los actos del hombre lo siguen allá donde va en forma de historia. Un mundo de dolor, pérdida, dependencia, estallidos de violencia y euforia; de fatalidad y contradicciones fatales, de anhelantes saltos hacia lo desconocido y, por último, de muerte: la muerte de un héroe a plena luz del sol bajo la atenta mirada de dioses y hombres para la que el yo despiadado, el cuerpo endurecido, debía ejercitarse y prepararse a diario.
La brisa le roza la frente. Allá lejos, donde el golfo se ahonda, se forman pequeñas olas, se arremolinan y finalmente mueren, mientras otras nuevas las reemplazan. Todo se repite y seguirá repitiéndose hasta la eternidad, esté él allí o no para observarlo: eso es lo que ve.
En la visión a largo plazo que otorga el paso del tiempo, quizá incluso él haya desaparecido. Es el tiempo, no el espacio, lo que observa fijamente.
Durante nueve años, inviernos y veranos, han permanecido encerradas aquí en la playa esas vastas hordas de griegos de todos los clanes y reinos: de Argos, Esparta y Boecia, Eubea, Creta, Ítaca, Cos y otras islas o, como él y sus hombres, sus mirmidones, de Ftía. Días, años, una estación tras otra. Un infinito entretanto en el que debes mantener tus armas en condiciones óptimas y a tu yo más astuto tenso como la cuerda de un arco durante largos períodos de pereza, de una espera paciente e inquieta, de vergonzosas reyertas, de fanfarronadas y habladurías impropias de hombres.
Semejante vida es mortal para el espíritu de un guerrero, alguien que, para soportar lo más difícil, necesita acción:
el batir de las armas que resuelve una pelea con rapidez y envía de nuevo a un hombre, ya con el espíritu renovado, a convertirse una vez más en un buen agricultor.
Una guerra debe librarse con rapidez y determinación. Como máximo en treinta días, en las semanas que van de los primeros brotes primaverales a la recolección, cuando el maíz está reseco y maduro para el hierro enemigo, para volver de nuevo al ritmo aborregado de la vida de agricultor. A los días del calendario y todo lo que con ellos llega; a la siembra y el arado y la cosecha del cereal. A vagabundear calzando tus viejas sandalias por los campos golpeados por el sol, cubiertos de hierba seca, y el olor a menta silvestre bajo los pies. "



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