Los pájaros (fragmento)Daphne Du Maurier

Los pájaros (fragmento)

"Se levantó lánguidamente, se puso el fresco vestido blanco y, saliendo de nuevo al balcón, levantó la persiana y dejó que el fuerte calor del día diese de lleno sobre ella. Unas gafas negras cubrían sus ojos. El único toque de color radicaba en su boca, sus manos y sus pies, y en el chal que se había echado sobre los hombros. Los oscuros cristales de sus gafas daban al día una tonalidad sombría. El mar había cambiado del azul al púrpura, y las blancas arenas adquirían un tinte oliváceo oscuro. En sus tiestos, las gayas flores tomaban un aire exótico. La marquesa se apoyó en la barandilla y el calor de la madera le quemó las manos. El olor de un cigarro ascendía de nuevo, procedente de algún punto ignorado. Tintineaban los vasos del aperitivo que un camarero llevaba, presuroso, a una mesa de la terraza. En alguna parte, hablaban y reían un hombre y una mujer.
Un perro alsaciano, con la lengua fuera y llena de espuma, atravesó la terraza en busca de un rincón a la sombra en el que tenderse sobre una losa fría. Un grupo de jóvenes, bronceados y semidesnudos, cubiertos de salitre marino sus cuerpos, subiendo corriendo desde la playa y empezaron a pedir Martinis.
Arrojaron sobre las sillas sus toallas de baño. Uno de ellos llamó con un silbido al perro, el cual no se molestó en hacerle el menor caso. La marquesa les miró con desprecio, en el que, no obstante, se mezclaba una cierta envidia.
Eran libres de ir y venir, de montar en un coche y marcharse a otro lugar. Vivían en un estado de constante y feroz alegría. Siempre en grupos de seis o siete. Se separaban también, desde luego, y formaban parejas para acariciarse mutuamente. Pero —y aquí dio rienda suelta a su desprecio— su alegría no encerraba ningún misterio. En sus vidas abiertas no podía haber un momento de inquietud. Ninguno de ellos esperaba en secreto detrás de una puerta entornada.
El sabor de una aventura amorosa tenía que ser distinto, pensaba la marquesa, y, arrancando una rosa de la enredadera que trepaba por el enrejado del balcón, se la puso en el escote de su vestido. Imaginaba el amor como una cosa silenciosa, dulce, callada. Nada de voces estrepitosas, ni súbitas carcajadas, sino una especie de furtiva curiosidad que acompañaba al temor, y, cuando el temor ha desaparecido, una plena y abierta confianza. No el toma y daca de los buenos amigos, sino la pasión entre desconocidos. "



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