Los lentes azules (fragmento)Daphne Du Maurier

Los lentes azules (fragmento)

"Echó a andar de nuevo, airosamente, sintiendo que su interés iba en aumento.
Nada de hacer trampas, se dijo: tanto daba que fuera una cuadra de departamentos o de fábricas. Tal como sucedieron las cosas, la tercera calle era muy larga y se hallaba flanqueada por sórdidas casonas de la época victoriana que, cincuenta años atrás, debían haber sido importantes residencias, pero ahora, convertidas en departamentos o pensiones, nada conservaban de su antiguo esplendor. La calle se llamaba Boulting. Ocho letras: número ocho. Cruzó, confiado, y empezó a buscar la numeración, sin dejarse amedrentar por los empinados escalones, las puertas sin pintar, ni los sombríos subsuelos y el aspecto general de pobreza y deterioro que tanto contrastaba con el de su propia calle Regency, de puertas bien pintadas y macetas en las ventanas.
La casa número ocho no resultó distinta de sus compañeras, excepto, quizás, que su puerta era aún más pobre que las otras y más mísero el encaje de las cortinas que cubrían los cristales de las largas y feas ventanas de la planta baja. Una criatura de unos tres años un varoncito de rostro pálido y ojos sin expresión, estaba sentado en el escalón de arriba, atado al quita barro, de modo tal que no podía irse. La puerta de entrada estaba abierta. James Fenton subió los escalones y buscó el timbre. Habían pegado un papel con las palabras "No funciona". Más abajo se veía el cordón de una antigua campanilla. Naturalmente, sería cuestión de segundos desatar a la criatura, ponérsela bajo el brazo y desaparecer, eliminándola luego, de acuerdo al humor o a la fantasía del momento. Pero se le ocurrió que la violencia no resultaba indicada todavía. Lo que él necesitaba era disfrutar, durante el mayor tiempo posible, de su sensación de poder.
Tiró del cordón de la campanilla. Se oyó un débil tintineo al fondo del oscuro vestíbulo. El pequeño lo miró con indiferencia. Fenton se apartó de la puerta y observó la calle: un plátano de tronco pardo, cubierto de manchas amarillentas, comenzaba a echar sus hojas nuevas; a sus pies, un gato negro se lamía una patita lastimada. Saboreó la espera, deliciosa a causa de la incertidumbre. De pronto oyó que abrían la puerta y una voz de mujer, con acento extranjero, preguntaba: ¿Qué desea? Se sacó el sombrero, sintiendo el violento impulso de contestarle: "He venido a estrangularla. A usted y a su hijo. No tengo motivo alguno. Sucede simplemente que soy el instrumento del destino". Pero no dijo nada de esto y se limitó a sonreír. La mujer era tan pálida como el chiquillo del escalón, tenía los mismos ojos sin expresión e idénticos cabellos lacios. Podría haber andado tanto por los veinte como por los treinta y cinco años.
Llevaba puesto un saco de punto, demasiado grande, y como la pollera, oscura y deforme, le llegaba hasta los tobillos, parecía cuadrada. ¿Alquila habitaciones? preguntó Fenton. Los ojos opacos se iluminaron de pronto, esperanzados, casi como si ya hubiera dejado de creer en la posibilidad de que le formularan semejante pregunta. Pero el resplandor se apagó bruscamente y los ojos volvieron a quedarse sin expresión. "



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