La corrupción de un ángel (fragmento)Yukio Mishima

La corrupción de un ángel (fragmento)

"Su insistencia pasó del límite de lo razonable pero ella no pareció ofenderse. Pese a todo el calor su manto púrpura estaba frío. Sus ojos y su voz siempre bella se mostraban serenos.
-No, señor Honda, no he olvidado ninguna de las gracias que fueron mías en el otro mundo. Pero temo que jamás oí el nombre de Kiyoaki Matsugae. ¿No será, señor Honda, que jamás existió tal persona? Usted parece convencido de que existió. ¿Pero no será que, desde el principio y en parte alguna, existió semejante persona? No podía dejar de pensarlo mientras le escuchaba.
-¿Por qué entonces nos conocemos? Y los Ayakura y los Matsugae deben conservar sus archivos familiares.
-Sí, tales documentos pueden resolver problemas en el otro mundo. ¿Pero conoció usted realmente a una persona llamada Kiyoaki? ¿Y puede decir con seguridad que nosotros dos nos vimos antes?
-Yo vine aquí hace sesenta años.
-La memoria es como un espejo espectral. A veces muestra cosas demasiado lejanas para ser vistas y a veces las revela como si estuviera aquí.
-Pero si desde el principio no existió Kiyoaki...
Honda vacilaba en la niebla. Su cita allí con la abadesa le parecía medio soñada. Hablaba muy alto como para recobrar el yo que desaparecía como se esfuma el vaho de una bandeja de laca.
-Si no existió Kiyoaki, entonces tampoco existió Isao. Ni existió Ying Chan y quién sabe, quizás tampoco yo haya existido.
Por primera vez había fortaleza en los ojos de ella.
-Eso también es como es en cada corazón.
Siguió un largo silencio. La abadesa batió palmas suavemente. Apareció la novicia y se arrodilló en el umbral.
-El señor Honda ha sido muy amable al venir hasta aquí. Creo que debería mostrarle el jardín meridional. Yo le llevaré.
La novicia la tomó de la mano. Honda se alzó como si unos hilos hubieran tirado de él y las siguió a través de las oscuras estancias.
La novicia abrió una puerta deslizante y le condujo hasta la galería. Ante él tenía el ancho jardín meridional.
El césped, con las colinas detrás, resplandecía bajo el sol estival.
-Esta mañana llegaron los cuclillos-dijo la novicia.
En la espesura tras el césped predominaban los arces. Una puerta entretejida conducía a las colinas. Algunos de los arces estaban rojos, incluso ahora en verano, llameantes entre el verde. Sobre el césped surgían dispersos estriberones y entre ellos florecían tímidamente los claveles silvestres. A la izquierda, en un rincón había un pozo y una polea. Sobre el césped un taburete de cerámica parecía tan caliente que con seguridad se quemaría quien pretendiera sentarse allí. Nubes de verano alzaban sus vertiginosos hombros sobre las verdes colinas.
Era un jardín resplandeciente y recoleto, sin rasgos de relieve. Como un rosario desgranado entre los dedos, el chillido estridente de las chicharras mantuvo su fuerza.
No había otro sonido. El jardín se hallaba vacío. Había llegado, pensó Honda, a un lugar sin recuerdos, sin nada.
El sol estival del mediodía caía sobre el jardín inanimado. "



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