La hija del optimista (fragmento)Eudora Welty

La hija del optimista (fragmento)

"Puesto que disponía de todo el tiempo del mundo, el doctor Courtland, oftalmólogo de renombre, entrelazó los dedos de aquellas manos suyas, grandes y rudas: a Laurel siempre le pareció que el simple contacto de aquellos dedos con el cristal de un reloj podía transmitir a su piel qué hora era exactamente. —Diría que tengo esta pequeña molestia desde el aniversario del nacimiento de George Washington —dijo el juez McKelva.
El doctor Courtland asintió, como si aquel fuera un buen día propicio para curar cualquier dolencia.
—Hábleme de esa pequeña molestia —dijo.
—Te lo contaré. Había estado podando un poco mis rosas… estoy jubilado, ya sabes. Y me quedé allí, en un extremo del porche de casa, mirando hacia la calle…
Fay se había ido a no sé dónde… —dijo el juez McKelva, y le dirigió a su esposa una amable sonrisa que se pareció mucho a un reproche.
—Yo sólo subí al pueblo, a la peluquería, para que Myrtis me pusiera los rulos.
—Y fue entonces cuando vi la higuera —dijo el juez McKelva—. ¡La higuera! ¡Lanzando destellos desde aquellos viejos trastos que a Becky se le ocurrió colgar allí hace tantos años para espantar a los pájaros!
Ambos hombres sonrieron. Pertenecían a generaciones distintas pero eran del mismo pueblo. Becky era la madre de Laurel. En julio, aquellos reflectantes caseros, una especie de círculos de latón, apenas servían para mantener alejados a los pájaros de los higos. "



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