La deseada (fragmento)Guillermo Díaz Caneja

La deseada (fragmento)

"Las manos del enfermo procuraban inútilmente asir con fuerza los brazos del sillón; sus ojos despedían rayos; su garganta, roncos sonidos.
Doña Micaela, previa inclinación de cabeza, como si meditara, como si consigo misma consultara el camino que en situación tan grave debiera seguir, se acercó á su yerno, y con amabilidad, con dulzura, le habló así:
— Acuéstate, Bernardo; descansa, duerme, y mañana será otro día... Anda, acuéstate...
El borracho, que parecía haber olvidado ya el asunto de la contienda, miró á su suegra con aire estúpido y soez; después, columpiando uno de sus brazos é indicando con la mano una de las alcobas, exclamó:
—Hala, tú... pa la cama..., ¡que ya te arreglaré yo mañana!
Paquita, que ocultaba sus lágrimas con el pañuelo, descubrió el encendido rostro y quedó mirando á su marido.
—¿Has... oído?...— repitió éste.— ¡A la cama!...
— ¡No quiero!— contestó la aludida con tono tan enérgico y desacostumbrado en ella, que la madre y la hermana se quedaron mirándola con asombro-.
Tú, que eres un hombre tan decente, no debes acostarte con una... Aquí, Paca, con visible repugnancia, repitió la canallesca palabra que su marido le lanzara al rostro momentos antes.
La bondadosa madre, viendo que la cuestión se agriaba más de lo necesario, intervino de nuevo:
—Acuéstate, acuéstate tú, que ella irá en seguida...
Bernardo, cuyas facultades mentales se obscurecían por momentos, y cuyos ojos pugnaban por cerrarse, se dejó llevar dócilmente hasta la alcoba, y, momentos después, se le oía roncar de una manera formidable. "



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