El sobre en blanco (fragmento)Guillermo Díaz Caneja

El sobre en blanco (fragmento)

"La elegante y espaciosa sala del teatro aparecía ya rebosante. El pasillo de butacas estaba lleno de hombres, que investigaban los palcos. Se cruzaban saludos de una y otra parte, y tal cual sonrisa o seria significativa. Soberbios descotes se lucían en plateas y entresuelos. La marquesita de la Musa llamaba la atención, como siempre, por su hermosura. La de Pefíadura, compitiendo con ella, lucía valiosas alhajas. La mujer del banquero Zubuzueta, espléndida morena de ojos soñadores, ostentaba, sujeto por una fina cadena que ceñía su escultural garganta, un soberbio pendentify formado por tres magníficos brillantes, el último de los cuales descansaba sobre la tentadora hoyuela. El general Zaldavo, con su familia, ocupaba un entresuelo; la vizcondesa de Camposeco, con su madre y su hermana, una platea. Otras muchas personalidades de las artes, las ciencias, la literatura, la aristocracia y la milicia llenaban las principales localidades, daban brillo y realce, con su presencia, a la solemnidad que se preparaba.
El palco de la Peña aparecía rebosante; en el del Casino de Madrid no quedaba ni un hueco.
Los gemelos no se daban punto de reposo. En el gallinero se oía un griterío infernal.
Los músicos iban ocupando sus puestos, y, entre ellos, se entablaban diálogos y se hacían chistes.
Mientras la flauta preguntaba al contrabajo por la función religiosa de aquella mañana en San José, un clarinete modulaba rápidas y pianísimas escalas y el oboe daba notas desentonadas, que provocaban la risa de los vecinos. Los violines, en tanto, ensayaban un pasaje difícil de la partitura, mientras el trombón afinaba notas graves y sonoras, que disonaban de las del cornetín. Y en medio de este perfecto desacuerdo de sonidos, francas carcajadas acogían algún chiste picante o dicho intencionado, que daba lugar a sabrosos comentarios.
Sólo un violín primero, el concertino, dejaba de tomar parte en aquella alegría, en aquel humorismo, hijo, en la mayoría de los casos, de los pesares más profundos. El instrumento cuelga del atril; sobre éste descansa el arco; el violinista, una pierna sobre la otra, vuelto hacia el público, apoyado un codo sobre el respaldo de la silla y en el puño la cabeza, permanece indiferente a todo lo que le rodea. Su vago mirar pasea errante por el teatro; sólo cuando se eleva a los palcos segundos parece recobrar vida al fijarse en uno de ellos. En ese momento, su rostro, joven y simpático, se anima ligeramente. Sobre la barandilla de aquel palco se veía apoyados a dos jóvenes: una bellísima rubia de ojos claros y rostro virginal, y un joven que apenas contaría veinticinco años, y cuyo labio superior ostentaba un poblado bigote negro, como el pelo. La indumentaria de ambos los clasificaba entre la aristocracia de la clase media; es decir, la que vive con modestia, pero sin privaciones. Por detrás de ellos asomaban dos cabezas grises, una de mujer y otra de hombre.
Cuando el violinista dirigía al palco sus miradas, ambos jóvenes le hacían señas, hablando luego entre sí. Él, después de sonreírles, volvía a su errabundo mirar. "



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