En el crepúsculo (fragmento)Georges Rodenbach

En el crepúsculo (fragmento)

"El viejo conde Jean Adornes había muerto y una gran tristeza se había apoderado de la tierra de Flandes. Las mujeres de sus rubios cabellos y los niños se arrodillaban contra la estatua de yeso blanco de la Virgen, rezando para que salvara su alma. Las campanas sonaban de pueblo en pueblo y el luto se extendía por los largos y negros caminos. Los criados trajeron rosas y girasoles silvestres de los jardines e incluso ramas en reciente floración de los huertos.
El conde Adornes había sido muy popular en toda aquella región. La nobleza de su carácter era inmaculada. Era bueno, caritativo, casto, fiel a Dios y a su nombre. Un nombre glorioso, cuyo resplandor brillaba aún en el umbral oscuro de la tradición. Uno de sus antepasados se había distinguido en la primera cruzada y participó en el asalto a Jerusalén encargando más tarde para conmemorar el hecho que se construyera una capilla en la ciudad de Brujas, que llevaba el nombre de la Ciudad Santa y que tampoco fue su lugar de reposo final. Habitaba en el sólido castillo de Saint-André, datado del año 1200. Parte de la fortaleza conservaba todavía intactos los grandes bloques, la plaza y la torre redonda. Alrededor de la zanja, el puente levadizo no decepcionaba en su majestuosidad, como si alguien contemplara desde la bóveda celestial las acechanzas de la muerte.
Pero el día del funeral, que había sido fijado para el domingo siguiente, de modo que pudiera asistir la gente desde todos los confines del país, el puente sería de nuevo bajado, abierta la gran puerta y antes de la partida del cortejo fúnebre se celebraría una ceremonia según los antiquísimos ritos ancestrales. Una tradición inmemorial que tenía sus propios súbditos conformados por sirvientes, arrendatarios, aparceros y siervos que constituían el llamado Consejo de Justicia. Hablaron a favor o en contra de la persona fallecida, cuyos restos mortales aguardaban en la capilla. Los testimonios fueron escuchados imparcialmente. Si la suma de las buenas acciones sobrepasaba a las malas, el ataúd, con grandes muestras de respeto, era conducido a la bóveda de honor, pero si cualquier delito grave manchaba la imagen del fallecido, obedeciendo a los antiguos preceptos, era enterrado sin boato alguno, y casi en el más estricto secreto, en una tumba distante y solitaria, que a nadie importaba. "



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