El canto del cisne (fragmento)Edmund Crispin

El canto del cisne (fragmento)

"Elizabeth Harding desde luego era consciente de ello… Tal vez solo teóricamente al principio, pero tuvo una implacable confirmación práctica cuando comenzaron los ensayos de El Caballero de la Rosa. De modo que se sintió aliviada al descubrir que aquel Adam Langley era considerablemente más culto e inteligente, y también más esbelto y atractivo, que la mayoría de los tenores operísticos. Tenía la intención de casarse con él y, naturalmente, su capacidad intelectual era un factor que había que tener en consideración. Elizabeth no era en ningún caso una persona fría y calculadora, por supuesto. Pero la mayoría de las mujeres —a pesar de las ficciones románticas que enturbian todo el asunto matrimonial— son lo suficientemente realistas como para examinar con cuidado todos los méritos y deméritos de sus posibles maridos antes de comprometerse. Además, Elizabeth gozaba de una vida holgada e independiente gracias a su propio talento, y había decidido que no iba a abandonar imprudentemente todo aquello al albur de un simple afecto, por muy apasionado que fuera. De modo que examinó la situación con su característica meticulosidad y claridad mental.
Y la situación era la siguiente: que se había enamorado explicable y bastante inesperadamente de un tenor de ópera. De hecho, en los momentos en los que las dudas la asaltaban, la palabra «encaprichamiento» le parecía incluso un término más ajustado que «amor». Los síntomas no dejaban la menor duda respecto a su dolencia. Incluso mostraban un parecido tan fuerte con los tropos y los tópicos de las historias de amor convencionales, que casi le resultaban vagamente desconcertantes: pensaba en Adam antes de irse a dormir por las noches; seguía pensando en él cuando se levantaba por la mañana; incluso, como una degradación definitiva, soñaba con él; y corría a la ópera para encontrarse con él con una pasión absolutamente inapropiada en una joven discreta y sofisticada de veintiséis años. En cierto sentido, aquello era humillante; por otra parte, desde luego era la forma más deliciosa y excitante de humillación que hubiera experimentado jamás… Y eso a pesar de haber tenido una experiencia abundante en cuestiones amorosas y haberse entregado a muchas lecturas teóricas sobre la materia. "



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