Prostitución y miseria (fragmento)Octave Mirbeau

Prostitución y miseria (fragmento)

"Me detengo debajo de un farol. La mujer también se detiene, pero fuera del radio de luz; puedo, con todo, examinarla. No es guapa, ¡oh, no ! ni tentadora ; más bien hace alejar la idea del pecado. Porque el pecado es la alegría, la seda, el perfume, cabelleras teñidas y la carne adornada como para un altar, lavada como un cáliz, pintada como un ídolo. Como es, asimismo, tristeza rica, asco opulento, mentira suntuosa, barreduras montadas en oro y pedrería. Y aquella desgraciada nada de esto podía ofrecerme. Vieja de miseria más que de edad, marchitada por el hambre o por las pesadas borracheras en los sótanos de las tabernas, deformada por la espantosa labor de su trágico oficio, obligada, bajo la amenaza del navajazo, a andar, andar siempre, de noche, en busca del deseo que escudriña, zarandeada por el miserable que la despoja o por el policía que la explota, del cuartucho de alquiler a la cárcel, verdaderamente, la pobre daba lástima verla. Una manteleta de lana negra cobre su pecho ; unas faldas enlodadas tapan sus piernas ; un inmenso sombrero, con unas plumas que se deshacen con la lluvia toca su cabeza ; y sobre su vientre pliega sus manos, unas manos amoratadas por el frío — ¡ oh ! nada obscenas, — unas manos torpes y huesudas, apenas resguardadas por unos viejos mitones de color indefinido. A no ser por la hora, el lugar y el tono de su invitación, la habría tomado por una sirvienta desocupada y no por una trota-aceras. No cabe duda que desconfiaba de su fealdad, que tenía conciencia de las pocas voluptuosidades que podía ofrecer su cuerpo, porque procuraba sustraerlo a mis miradas, interponiendo tinieblas y más tinieblas entre su cara y mis ojos, y más pareciendo pedir limosna que ofrecer el placer, su voz tímida, temblona, casi avergonzada, iba repitiendo:
— ¡Señor!... ¡ Señor !...venga usted conmigo, señor... haré todo lo que usted quiera... venga usted conmigo, señor.
Como no le respondiera, no por asco o desdén, sino porque en aquel momento estaba mirando, compasivamente, un collar de coral que le rodeaba el cuello con una línea roja, siniestramente, ella agregó, en voz baja, con un tono de dolorosa imploración:
— Señor!... Si usted prefiere... tengo en casa una chiquilla... tiene trece años, señor... Es muy linda... y conoce a los hombres como si fuese una mujer... Señor!... señor!... se lo ruego... Venga conmigo, señor!...
Le pregunto: —¡Donde vives? Y vivamente, señalándome una calle, enfrente, que daba a la avenida, como una boca de abismo, responde:
— Ahí cerca... mira, allí... a dos pasos... Quedará usted contento, no pase cuidado.
La mujer atraviesa la calle, corriendo, para no dar a mi reflexión el tiempo de cambiar, para que no se hiele lo que ella cree mi deseo. Yo la sigo... ¡ah! pobre diablo!... A cada paso que da, vuelve la cabeza, para asegurarse de que no me he escapado, saltando sobre los baches, enorme y redonda, como un sapo monstruoso. Unos hombres que salen de una taberna la insultan al pasar por su lado. Nos internamos en la calle, ella delante, yo detrás, hundiéndonos cada vez más en las sombras. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com