La historia de San Michele (fragmento)Axel Munthe

La historia de San Michele (fragmento)

"Llegamos, por fin, a la cima de los setecientos setenta y siete escalones y pasamos bajo una bóveda con los grandes quicios de hierro de su primer puente levadizo, fijos todavía en la roca. Estábamos en Anacapri. Todo el Golfo de Nápoles se hallaba a nuestros pies, circundado por Isquia, Prócida, Posillipo, guarnecido de pinos; la centelleante y blanca línea de Nápoles, el Vesubio, con su rosada nube de humo; la llanura de Sorrento resguardada por el Monte Sant'Angelo y, más allá, los Apeninos cubiertos aún de nieve. Sobre nuestras cabezas, adosada como nido de águila a la escarpada roca, estaba una capillita en ruinas. Su abovedado techo se había hundido, pero enormes bloques de mampostería que formaban un extraño y calado dibujo simétrico sostenían aún sus bamboleantes muros.
—Roba di Timberio! —explicó la vieja María.
—¿Cómo se llama la capillita? —pregunté precipitadamente.
—San Michele.
—San Michele, San Michele! —repetía mi corazón. En el viñedo que había bajo la capilla, un viejo cavaba profundos surcos para las nuevas vides—. Buon giorno, mastro Vincenzo! —El viñedo era suyo y suya también la casita vecina; la había construido con sus propias manos, en su mayor parte con piedras y ladrillos de la roba di Timberio esparcida por el jardín. Maria Portalettere le contó todo cuanto sabía de mí, y mastro Vincenzo me invitó a sentarme en su jardín y a beber un vaso de vino. Miré la casita y la capilla. Mi corazón empezó a latir tan violentamente que me costaba trabajo hablar.
—Quiero subir allí ahora mismo —dije a María Portalettere. Pero ella me hizo notar que sería mejor que la acompañase primero a comer algo; de lo contrario, ya no encontraría nada. Impulsado por el hambre y por la sed, decidí, aunque de mala gana, seguir su consejo. Saludé con la mano a mastro Vincenzo y le dije que no tardaría en volver. Caminamos por algunas callejas desiertas y nos detuvimos en una piazzetta.
—Ecco la Bella Margherita!
La Bella Margherita puso sobre la mesa de su jardín una botella de vino color rosa y un ramo de flores, y dijo que los macarrones estarían preparados dentro de cinco minutos. Era rubia como la Flora del Tiziano; el rostro, de exquisita forma; el perfil, griego puro. Puso ante mí un enorme plato de macarrones y se sentó a mi lado, mirándome con risueña curiosidad. —Vino del párroco —decía con orgullo cada vez que me llenaba el vaso. Bebí a la salud del párroco, a la salud de
Margherita y a la de su hermana, la de los ojos negros, la Bella Giulia, que se nos había reunido con las manos llenas de naranjas que yo le había visto coger de un árbol del jardín. Se habían muerto sus padres, y el hermano Andrea era marino, y sólo Dios sabía dónde estaba; pero su tía habitaba en una villa propia, en Capri: seguramente sabría yo que se había casado con un lord inglés. Sí, naturalmente, lo sabía, pero no me acordaba de su nombre. —Lady Grantley —dijo con orgullo la Bella Margherita. Apenas me acordé a tiempo de beber a su salud, pero después ya no recordé sino que el cielo era azul como un zafiro, el vino del párroco, rojo como un rubí, y que la Bella Margherita estaba sentada a mi lado, con los cabellos de oro y los labios sonrientes. "



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