Los avispones (fragmento)Peter Handke

Los avispones (fragmento)

"Rápidamente buscó con la mirada la cama en la que, en otro tiempo, él había dormido con el segundo hermano, pero estaba vacía. Durante un buen rato se quedó mirando la cama vacía: en la almohada, dijo, parecía que se dibujaba la silueta de una cabeza, sin embargo, seguramente se trataba del efecto de las sombras del fuego proyectadas en la pared.
Sus miradas regresaron a los ojos, volvieron a salir y otra vez me miraron. Se fijó en las puntas de los dedos que se curvaban como garras y en las uñas manchadas de resina. Vio la piel de la mano agrietada, recubierta de barro seco y cuarteado. Apartó la mirada. Miró un instante hacia la puerta. Sus ojos buscaron refugio en las brasas ardientes cuyas grietas y hendiduras absorbían y expelían la corriente cálida de aire en una continua alternancia de viento y calma. Enseguida quitó la vista del fuego y, arrastrando toda su cara por el cristal, miró hacia el borde del muro sin que, no obstante, desde aquí dentro se pudiera oír el ruido de la mejilla aplastada contra el cristal de la ventana doble.
Se detuvo un instante y por debajo del alero miró hacia arriba dejando caer la cabeza sobre la nuca; de un vuelo se asió de la cornisa de la ventana y se dio un impulso hacia arriba y ahora, arrodillado, con el cuerpo erguido sobre la pila de leña, miraba en diagonal hacia mí a través de las marcas que los dedos y las mejillas habían dejado en el empañado cristal. Justo en aquel momento yo retiré los pies del borde del arca, los desplacé trazando un semicírculo (primero eran claros; después, sobre el fondo claro del fuego abierto, oscuros; después, en la oscura habitación, claros otra vez) y los puse de nuevo sobre el colchón de paja que, a su contacto, crepitó como si ardiera. Por un instante, vio de perfil la cabeza del que estaba sentando. Porque me conocía, me reconoció. Su mano se deslizó cornisa abajo. Se dejó caer sobre los talones y ocultó la cabeza tras el ancho marco central de la ventana; colocó el reverso de la mano en forma de arco sobre la frente, la puso entre la frente y el cristal y me miró. Mientras tanto, según dijo, yo había abierto únicamente el rostro hacia el calendario colgado encima de la cama vacía, en cambio, mis ojos, cuyas bóvedas él veía brillar de lado, carecían de mirada. La posición de los brazos no había cambiado. Ahora, él esperaba los gestos propios de alguien que reanuda el sueño. Los dedos se desprendieron de la espalda y dejaron al descubierto las huellas de sudor de la camisa; los brazos, que seguían entrecruzados, resbalaron vientre abajo; el tronco se balanceó hacia atrás, hacia el cabezal. Pero mientras yo miraba fijamente el calendario, mi hermano arañaba el cristal con la uña del pulgar. "



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