Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado (fragmento)James Hogg

Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado (fragmento)

"Sin embargo, en este caso sucedía al revés. El laird era lo que los vecinos del entorno denominaban «un tipo alegre y atolondrado», con una dosis muy limitada de temor de Dios en el corazón, y algo así como muy poco miedo al hombre. El laird no había agraviado ni ofendido deliberadamente ni al uno ni al otro, por lo que no veía que pudiesen clamar venganza. Hasta aquí había creído que vivía en los términos más cordiales con la mayoría de los habitantes de la tierra en general, y con los poderes del cielo en particular; ¡pero desdichado, si no debía convencerse pronto de la falacia de tan fatal seguridad!, porque su dama se reveló como el más seguro y tenebroso de los fanáticos en cuanto a los principios de la reforma. Los suyos no eran los dogmas de los grandes reformadores, sino más exagerados y deformados. Los de estos hombres son un brebaje difícil de tragar, pero los de ella eran ese mismo brebaje, agriado y recalentado hasta un grado insoportable para la naturaleza. Había sorbido sus ideas de las doctrinas de un predicador fogoso y fatalista, y eran estas tan rígidas que se volvieron piedra de escándalo para muchos de sus hermanos, y palanca con que los adversarios de su partido podían volver contra ellos la máquina del Estado.
Las fiestas nupciales de Dalcastle participaron de la alegría propia, no de esa época austera, sino de la anterior. Hubo banquetes, bailes, músicas y canciones: las bebidas corrieron en abundancia, la cerveza fue servida en amplios cuencos de madera, y el coñac en grandes cuernos de buey. El laird dio rienda suelta a su tosca alegría. Bailó —chascando los dedos al compás—, palmeó, y vociferó en los estribillos. Besó a todas las muchachas de aspecto tolerable del salón y pidió a sus galanes se tomasen la misma libertad con su esposa a manera de desquite. Pero ella permaneció sentada en la presidencia del salón, con su belleza impasible y lozana, negándose en redondo a dar un solo paso de baile con ningún caballero. El único solaz que se permitió fue cruzar de cuando en cuando alguna frase de amable plática sobre cuestiones divinas con su pastor favorito. "



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