La guerra del fuego (fragmento)J.H. Rosny

La guerra del fuego (fragmento)

"Y el viejo Goun, que contaba mejor que todos los demás hombres, dijo que no quedaba un hombre de cada cinco, una mujer de cada tres y un niño de cada rama. Entonces fue cuando los que estaban despiertos comprendieron la inmensidad del desastre. Supieron que su descendencia estaba amenazada en su origen, y que las fuerzas del mundo se habían vuelto más formidables: tendrían que vagar, desnudos y débiles, sobre la tierra. A pesar de su fuerza, Faouhm desesperó. No confiaba ya ni en su estatura ni en sus brazos enormes; su rostro grande, en el que se aglomeraban los duros pelos, sus ojos, amarillos como los de los leopardos, mostraban una terrible fatiga, pensó en las heridas que le habían hecho la lanza y la flecha enemigas; bebió a intervalos la sangre que le brotaba todavía del antebrazo.
Como todos los vencidos, recordó el momento en el que había estado a punto de vencer. Los oulhamr se precipitaban a la carnicería; él, Faouhm, aplastaba las cabezas bajo su maza. Iban a aniquilar a los hombres, a raptar a las mujeres, a eliminar el fuego enemigo, para cazar en sabanas nuevas y bosques abundantes. ¿Qué hálito había pasado? ¿Por qué los oulhamr habían caído en el espanto, por qué eran sus huesos los que crujían, sus vientres los que vomitaban las entrañas, sus pechos los que aullaban de agonía, mientras el enemigo, invadiendo el campo, derribaba los fuegos sagrados? Eso era lo que el alma de Faouhm, espesa y lenta, se preguntaba. Se agarraba a ese recuerdo como la hiena lo hace a su carroña. No quería sentirse rebajado, no se daba cuenta de que tenía menos energía, menos valor y ferocidad.
La luz se elevó en toda su fuerza. Se extendía sobre el pantano, entraba en el barro y secaba la sabana. En ésta, y en la carne fresca de las plantas, estaba la alegría de la mañana. El agua parecía más ligera, menos pérfida y turbulenta. Agitaba rostros plateados entre las islas verde-grisáceas; lanzaba largos escalofríos de malaquita y de perlas, dejaba al descubierto los azufres pálidos, las micas escamosas, y su olor era más suave a través de los sauces y los alisos. Según fuera el juego de las adaptaciones y las circunstancias, triunfaban las algas, o chispeaban las azucenas de los estanques o el nenúfar amarillo, surgían las llamas del agua, los euforbios palustres, las lisimaquias, las sagitarias, se veían golfos de ranúnculos con hojas de acónito, meandros de telefios pilosos, de linos silvestres, de epilobios rosados, cardamomos amargos, de dróseras, selvas de cañas y mimbres entre las que pululaban las pulgas de agua, los chorlitos negros, las cercetas, los chorlitos reales, las avefrías de reflejos de jade, la pesada avutarda o las fúlicas de largos dedos. Las garzas acechaban al borde de las calas rojizas; las grullas retozaban y chasqueaban sobre un promontorio; el lucio dentado se lanzaba sobre las tencas, y las últimas libélulas huían dejando trazos de fuego verde en zigzags de lapislázuli. "



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