La potencia del pensamiento (fragmento)Giorgio Agamben

La potencia del pensamiento (fragmento)

"La expresión “la cosa misma”, tò prâgma autó, aparece al principio de la así llamada digresión filosófica de la Carta séptima de Platón –un texto cuya importancia para la historia de la filosofía occidental todavía está lejos de ser cabalmente mensurada–. Cuando, después de que Bentley echó un manto de sospecha de falsificación sobre toda la epistolografía antigua, primero Meiners en 1783 y luego Karsten y Ast las declararon inauténticas, las cartas de Platón, que habían sido consideradas siempre parte integrante de su obra, fueron poco a poco eliminadas de la historiografía filosófica precisamente cuando ésta era más férvida y activa. En el momento en que, durante el siglo XX, la tendencia empezó a invertirse, y críticos cada vez más numerosos y acreditados reivindicaron su autenticidad (al menos en relación a la carta que aquí nos interesa, generalmente reconocida), los filósofos y estudiosos que volvieron a ocuparse de ella debieron enfrentar el aislamiento en el que estuvieron las cartas por más de un siglo. Aquello que en el entretiempo se había perdido fue la conexión viva entre el texto y la tradición filosófica posterior, por lo cual, por ejemplo, la Carta séptima, con su denso excursus filosófico, ahora se presentaba como un macizo aislado y arduo, a cuya penetración se le oponían obstáculos casi insuperables. También era verdad, naturalmente, que el largo aislamiento la había transformado, como el mar al cuerpo de Alonso en la canción de Ariel, en algo rico y extraño, con lo cual era posible enfrentarse con una frescura que quizá ningún otro de los grandes textos platónicos habría permitido.
El escenario de la carta es conocido: Platón, ya viejo –tiene setenta y cinco años– evoca para los amigos de Dión sus encuentros con Dionisio y el desventurado fracaso de sus intentos políticos en Sicilia. En el punto que aquí nos interesa, él está contándoles a los parientes y amigos de Dión su tercera estadía en Sicilia, cuando, llegado de nuevo a Siracusa atraído por las insistentes presiones del tirano, decide en primer lugar poner a prueba la sinceridad de las afirmaciones de Dionisio en relación con su deseo de llegar a ser filósofo:
Hay un modo no innoble de procurarse esta prueba –un modo que se adapta perfectamente a los tiranos, sobre todo a los que están henchidos de un saber de segunda mano–;y pronto, cuando llegué, me percaté de que ésta era precisamente la condición de Dionisio (340 b 3-7).
A hombres como estos –continúa– se les debe mostrar enseguida de qué se trata toda la cosa [hóti ésti pân tò prâgma], cuántas y cuáles fatigas exige. Entonces, si aquel que escucha es verdaderamente filósofo y está a la altura de la cosa, creerá haber oído hablar de una vía maravillosa, que se debe recorrer sin demoras, pues no podría vivir de otra manera. En cambio, aquellos que no son verdaderamente filósofos sino que tienen solamente un barniz de filosofía, como quien tiene el cuerpo bronceado por el sol, viendo el tipo de empeño que la cosa requiere, piensan que es demasiado difícil, incluso imposible, y se convencen de saber ya suficiente y de no necesitar más. "



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