Don Goyo (fragmento)Demetrio Aguilera Malta

Don Goyo (fragmento)

"Temprano habían clavado las estacas de mangle, sobre el lodo cambiante del estero. Con los cuerpos desnudos, medio peces, medio hombres, chorreantes, magníficos, eran iguales que nuevos mangles gateados y nudosos.
El sol daba incendio de paleta a las vibrátiles espaldas. Las redes multiformes, parecían abrazarlos, en rotundas ansias de fecundación. El agua les brindaba sus espumas y sus olas. Las canoas brincaban, como potros indómitos.
Ellos clavaron, amarraron y se fueron.
La piola de las redes quedó esperando en el fondo. El aguaje rugió. Las olas se empinaron. Remolinos de peces -en vueltas de inconsciencia- se metieron al estero. Los mangles se inclinaron. Un tío-tío, pareció reír. El sol -crustáceo de oro. reclinó sus tenazas de fuego sobre la nuca de los árboles.
Ahora estaban desnudos otra vez. Hundidos en el agua, nadando -más peces que hombres- levantaban las redes sobre el nivel del agua. Las estiraban, formando una barrera para evitar la huida súbita del pez.
Habló el más viejo de los dos:
-¿Has echado el barbasco?
-Todavía no.
-¿Y qué esperas entonces? ¿Qué algún catanudo nos rompa las redes?
¡Apúrate! Tú sabes: "Camarón que se duerme... se lo lleva la corriente".
-Ya voy!
Se encaramó en las ñangas con una agilidad de simio. Se asió de las ramas flexibles. Pisó indiferente las conchas filudas y los caracoles taciturnos. Se internó, siguiendo el curso del estero tapado. Y entonces, sí. Regó la masa amarillenta de la fruta traicionera: el barbasco que intoxica en segundos. Se inclinó sobre el agua, sacudiendo de vez en cuando el cuerpo salpicado de nubes de gegenes y güitifes.
-¡Caray que está oscuro!
Haciendo un gran esfuerzo, apenas distinguía ciertos vetazos del raicero, uno que otro platear de lisas cabezonas, los brincos luminosos de las rayas agonizantes, la fosforescencia de los recovecos del fango.
-El barbasco los está fregando.
Sentía un poco de angustia, un no sé qué de temor. Pensó, de repente, que hacía mal en matarlos. No los podría ni aprovechar. Era demasiado. Con la pesca que recogieran esa noche tenía para mandar a Guayaquil una canoada. Lo demás quedaría allí pudriéndose, alejando a las especies más preciadas y ricas. Por otra parte, el barbasco no respeta. A todos -igual a los chicos que a los grandes- les sacudiría las rojas agallas y, al final, los mataría. Y no sólo a los peces: a las jaibas, a los ostiones, a las patas de mula, a las conchaprietas, a los mejillones, a las lloronas. "



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