El hombre que calculaba (fragmento)Malba Tahan

El hombre que calculaba (fragmento)

"Días después, terminado nuestro trabajo diario en el palacio del visir, fuimos a dar un paseo por el zoco y los jardines de Bagdad.
La ciudad presentaba aquella tarde un intenso movimiento, febril y fuera de lo común. Aquella misma mañana habían llegado a la ciudad dos ricas caravanas de Damasco.
La llegada de las caravanas era siempre un acontecimiento puesto que era el único medio de conocer lo que se producía en otras regiones y países. Su función era, además, doble por lo que respecta al comercio porque eran a la vez que vendedores, compradores de los artículos propios del país que visitaban. Las ciudades con tal motivo, tomaban un aspecto inusitado, lleno de vida.
En el bazar de los zapateros, por ejemplo, no se podía entrar, había sacos y cajas con mercancías amontonadas en los patios y estanterías. Forasteros damascenos, con inmensos y abigarrados turbantes, ostentando sus armas en la cintura, caminaban descuidados mirando con indiferencia a los mercaderes. Se notaba un olor fuerte a incienso, a kif y a especias. Los vendedores de legumbres discutían, casi se agredían, profiriendo tremendas maldiciones en siríaco.
Un joven guitarrista de Moscú, sentado en unos sacos, cantaba una tonada monótona y triste:
Qué importa la vida de la gente si la gente, para bien o para mal, va viviendo simplemente su vida.
Los vendedores, a la puerta de sus tiendas, pregonaban las mercancías exaltándolas con elogios exagerados y fantásticos, con la fértil imaginación de los árabes.
-Este tejido, miradlo. ¡Digno del Emir...!
-¡Amigos; ahí tenéis un delicioso perfume que os recordará el cariño de la esposa...!
-Mira, ¡Oh jeque!, estas chinelas y este lindo caftán que los djins recomiendan a los ángeles.
Se interesó Beremiz por un elegante y armonioso turbante azul claro que ofrecía un sirio medio corcovado, por 4 dinares. La tienda de este mercader era además muy original, pues todo allí -turbantes, cajas, puñales, pulseras, etc.- era vendido a 4 dinares. Había un letrero que decía con vistosas letras:
Los cuatro cuatros.
Al ver a Beremiz interesado en comprar el turbante azul, le dije:
-Me parece una locura ese lujo. Tenemos poco dinero, y aún no pagamos la hostería.
-No es el turbante lo que interesa, respondió Beremiz. Fíjate en que esta tienda se llama "Los cuatro cuatros". Es una coincidencia digna de la mayor atención.
-¿Coincidencia? ¿Por qué?
-La inscripción de ese cartel recuerda una de las maravillas del Cálculo: empleando cuatro cuatros podemos formar un número cualquiera. "



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