La cadena de diez pies (fragmento)Achmed Abdullah

La cadena de diez pies (fragmento)

"Vasantasena era el nombre de la muchacha que llegó a la corte del rey Vikramavati en el décimo día de la mitad oscura del mes de Bhadra. Vino en calidad de esclava capturada en la guerra, con sus pies manchados unidos por una fina cadena de oro, sus blancas manos atadas a la espalda con cuerdas de perlas, su cuerpo joven y delgado cubierto con una túnica de seda del triste tono de la flor tamala, en señal de luto por Dharma, su padre, el rey del sur, que había caído en la lid bajo los colmillos acerados de los elefantes de la guerra.
Se arrodilló ante el trono y Vikramavati vio que su rostro era tan hermoso como la faz de la luna a los catorce días; sus cabellos, tan negros como las hembras de las serpientes; su cintura, leonina; sus brazos, columnas de mármol decorados por venas azules; su piel, el dulce perfume de la flor champaka; sus pechos, la tierna fruta de tinduka.
La miró a los ojos y vio que eran de un bronce profundo, moteado de oro, mientras sus pupilas eran negras y opacas -ojos que parecían contener el secreto y la sabiduría de la feminidad- y su mano tembló y pensó en su alma, que la mano generosa de Sravanna, el Dios de la abundancia, había derrochado en el cielo occidental a la hora de su nacimiento.
"Acordaos de las palabras de los brahmanes" -gruñó Deo Singh, su antiguo primer ministro-, que había servido a su padre antes que a él y que lo observaba con cierta ansiedad, con celos, incluso. "La mujer es el mayor de los ladrones. Otros hurtan propiedades que carecen de resonancia espiritual, como el oro y los diamantes, mientras que la mujer se apodera del mayor de los tesoros, el corazón del hombre y su alma, su ambición y su fuerza". "Recuerda, además, las palabras de...".
"Ya es suficiente tu mordacidad -bramó Vikramavati, con la insolente temeridad de sus apenas veinticuatro años-. Vuelve a casa con tu marchita esposa Beldame y ora ante el altar. Ayúdala a limpiar las ollas del hogar. ¡Yo estoy hablando del amor!"
"¿Qué amor, el tuyo o el de la joven?" -preguntó sonriendo Madusadan, capitán de la infantería, diez años mayor que el rey, con el elocuente asomo de burla de una mente rauda en la invención-. Los hombres le envidiaban, porque no podían vencerle en las justas y las mujeres le temían a causa de la pureza de su vida, que era como un libro abierto que desmentía el lento fuego de los labios rojos y los ojos marrones. "¿De qué amor hablas, sabio rey?"
Pero el monarca no escuchó esto último. Despidió a los soldados, ministros y cortesanos con un impaciente gesto y descendió de su trono. "



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