La casa de las mil vírgenes (fragmento)Arturo Azuela

La casa de las mil vírgenes (fragmento)

"Sí, no había duda, aquello era extraordinario, pero otra vez volvían las incógnitas -¿de dónde venimos?, ¿existe la nada?, ¿existe la reencarnación?-, otra vez el Artista se hundía en la depresión inexplicable. En ese momento hubiera querido sentirse el médico de las últimas escenas, transformarse en cualquier artista como tantas veces lo hacía cuando iba al cine. Pero ahora era imposible, ahora que en la película aparecía un anciano con un nieto de la mano, los dos caminando por una calzada sombreada por pinos y cipreses y con una felicidad contagiosa entre los últimos y prolongados aplausos -todavía burlones, todavía algunos con un cierto tono de displicencia- ya con las luces de las lámparas del cine a punto de prenderse y los primeros espectadores de pie, dispuestos a encontrarse con los gritos de los vagos en la oscuridad de la Alameda.
Los comentarios del Huesos eran contundentes -ya ves cómo no vinimos al cine de oquis, manís, estuvo de maravilla y nada morbosa- en tanto que el Artista escondía sus preocupaciones, ese ánimo por los suelos que lo podía traicionar de un momento a otro y le hacía pensar otra vez en la ínfima condición del ser humano. Al cruzar el Redondel, antes de pasar por la Casa de las Mil Vírgenes -cuántas mujeres no habrían perdido su virginidad entre aquellos muros abandonados-, antes de despedirse del Huesos y quedar de acuerdo para el partido del día siguiente, sabía muy bien que horas más tarde estaría todavía con los ojos abiertos, que quizá subiría a la azotea de su casa -en Pino y Díaz Mirón- a mirar los cielos con detenimiento, a fijar su atención en la luz cenicienta de la Luna o las estrellas más luminosas del cuadrilátero de Orión.
Nunca descansaría al ver la inmensidad de la bóveda celeste y -como un astrónomo decadente- trataría de aniquilar la opresión, maldecir los astros de un rumbo a otro, adivinar que cualquier medianoche todo estallaría y los planetas se harían polvo incandescente por cualquier punto infinito del universo.
El Artista ya sabía que la angustia volvería sin remedio y no había manera de aplacarla: aparecería varias madrugadas y sola moriría. También sabía que las dudas esenciales alargarían sus insomnios -los primeros de su vida- teniendo como compañero maléfico y sombra pegada a su sombra al húngaro de mirada profunda -el inolvidable y oculto drogadicto de Hollywood-, a Bela Lugosi que moriría poco tiempo después y haría famosa aquella frase que el Artista todavía no podía entender, que algún día, al recorrer con la imaginación. La Casa de las Mil Vírgenes, la encontraría digna de ser recordada: "Morir, estar realmente muerto, debe ser glorioso. "



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