Los terribles amores de Agliberto y Celedonia (fragmento)Mauricio Bacarisse

Los terribles amores de Agliberto y Celedonia (fragmento)

"Sentía ahora esa sed del viajero de verano, avivada, más que abolida, por semiesferas de agua y vino, apuradas con prisa al triturar una pechuga de pollo. De pronto sintió, percibió que algo estaba prendido en el bosquejo o intentona de paisaje patente a sus ojos; en las telarañas de telégrafos; en los torreoncillos de castillo de burgrave de una fábrica; hasta en los alambres de espino y en los cardos raheces de un ribazo; el recuerdo de la última tarde que estuvo en tal estación. Fue un día fino, plácido y sensible como una cuerda de bandurria, de los primeros de abril. Despidió a Tori y a su hermana. Tori, su primera novia. La veía, al final de aquel invierno, figulnesca y morucha, exquisita de boca, acaudalada de ojos, falda a cuadros tableada, muy corta; las botas altas con caña de ante gris, según aquella moda que imprimía a las jóvenes una semejanza de cantineras o escoceses de zarzuela. ¡Qué lejos aquello y aquella! Tori prefería los sombreros chiquitos; Colombina, de candiles, turbantes, capotas Directorio, reverso de su hermana Ofelia -siempre envuelta en pieles-, sombreando su belleza (Lady de Camsborough o emperatriz Eugenia) bajo amplios castores o vastas pamelas. Despedida. Moisés de la merienda. Salacot de lacre de una botella. Dos copas de jerez en la misma copa, brindando en el andén por casarse al año siguiente; un beso a hurtadillas, caído fuera de la cara, en el pabellón de la oreja. Cuando Tori tornó de aquel viaje la encontró muy melindrosa y riñeron para siempre jamás. Ahora por ver aquella sala de espera no retrocedió.
Era un alvéolo sórdido y mugriento. El ambiente de luz, color cerveza negra. Cayó en él, como una mosca sitibunda.
Más allá la luz de los arcos voltaicos (los últimos) bañaban el andén con un consuelo resplandeciente de horchata de arroz, asociado a ese ruido sedoso de la chispa, tan confundible con el roce de la sal y el hielo en las garrafas. Cruzó a zancadas -gabardinas y garambainas al brazo- con dirección al último coche. En ese último coche buscó el último departamento, y en él el rincón más apartado de las miradas transeúntes y curiosas. Escondió la cabeza en la cortinilla azul, igual que un niño castigado o un adulto con dolor de muelas. Llegó un hombre de faz rasurada y mercantil, portador de hermosas maletas de cuero, calzando guantes grises, y se sentó, sin saludar, en el rincón diagonal al suyo. Estaba tan ambiguo el crepúsculo que hubieran sido tan anacrónicas las «Buenas tardes» como las «Buenas noches», y cuando el cielo se pone así, no hay que exigir cortesía. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com